Tristeza de la ciudad, una muerte y un complejo disfrazados de ciudadanía,
bien común y hasta moral, secretos en las entrañas de la gente que especula
conspiraciones, atentados contra el bienestar, gritos de guerra en la mirada.
Gente que camina por la calle con su guante de atrapar libertades y que no
hace más que rebuscar en los cajones y en los tachos de basura la miseria que
no hay pero que sabe inventar, que se creyó la patraña de la otra mejilla y que
desecha su rabia sobre las espaldas de los demás.
Que se escandaliza y hace gestos psicóticos por el beso de un par de
muchachos en la calle, sin más pasaporte que cerrar sus ojos y juntar sus
sueños; que construye desde una ojeada todo un análisis generacional sobre la
decencia y los valores, y se pierde en un juego vil y canalla donde perdemos
todos.
Gente que mendiga potestades de señor, señora, a cambio de vender su alma
al diablo y aceptar las peores vejaciones, las reales, las que hieren hasta a
los corazones más infranqueables; pero es irreparable cuando un corazón no nota
la diferencia entre el bienestar y la agonía, cuando no siente el dolor porque
entonces ya todo resulta lo mismo, ser bien o mal tratado, ser querido u
odiado, bajo la tonta excusa de ser algo al menos, algo de qué hablar, sobre
qué comentar.
Que no apostó nunca un centavo por ella, por el riesgo de correr, porque la
vida es un riesgo en sí misma y estamos puestos todos en el mismo asador, pero
las miradas pueden ser más fuertes que la voluntad, incluso que lo necesario, y
la vida se convierte en una inmovilidad perpetua, en una tranquilidad aparente
que lo único que crea es confusión, terror y muerte; que, como consecuencia, no
apostará por sus esposos, esposas, ni por sus hijos, ni por la carrera que
elijan seguir, ni por nada que los descoloque de aquella comodidad que es ver
pasar la vida como un extranjero, sin compromisos, sin reproches.
Que vive de apariencias, de pequeñas vidas consumadas al rito de mentir, de
caer bien y encajar con los demás, no ser excluido, limitado, estar demás; que
lame las botas de quienes le dan aire para no ahogarse en el mar del olvido y
la separación a cambio de tristes roles de prostitutas y fabricantes de
reputación.
Que condena actitudes, errores, sucesos, finalmente, la vida de otras
personas, so pretexto de moral, de libertad de opinión, “nadie nos va a callar”,
principios; que se viste de juez sin competerle un solo instante siquiera de
los pasos del resto, ¿con qué derecho?, el afán ciego de buscar malestares
hecho cuerpo y sangre y voz, la malicia en la boca inquieta por ladrar, por
inculpar... por desahogar su propia pena y miseria a costa de la integridad de
tu hermano.
Gente a la que le falta amor, le falta amar, le falta domingos de paseo,
noches de feria, abrazos, ser sociedad con su vecino, le falta cariño,
amabilidad; gente a la que le falta vivir.
13 mayo 2013
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