23 agosto 2010

Terriblemente sincero

Era sábado, creo que al mediodía. Caminar es uno de mis pasatiempos favoritos y el silencio y la soledad dan espacio para pensar un poco.
Sin querer, escuché parte de una conversación entre un niño y su madre. Ella le decía que iba a hacer todo lo posible para recogerlo a tiempo y llevarlo a no sé dónde. Ante la dificultad, el niño le respondió: "Bueno mami, entonces voy yo solo". (Silencio).
No sé, pero imagino que a la madre se le debe haber roto el corazón; que el niño le diga eso no estaba en sus planes y, por ende, no encontraría con facilidad alguna respuesta conciliadora, curaheridas.
Dejé de escucharlos. Con lo poco que oí, tenía suficiente tema para pensar mientras seguía caminando...

Qué locura, la sorpresiva frialdad de ese niño que -creo- no pasaba de los 4 ó 5 años mostraba una solución lógica y razonable pero dura y triste.
Su respuesta era la de la ingenuidad, la de la más tierna ingenuidad que no sabe herir ni mostrar intenciones oscuras porque, simplemente, no las tiene; su respuesta era la de la sinceridad, la de la más terrible sinceridad que no imagina golpear y que no pretende más que mostrarse como es.

¿Que sería de nosotros si actuáramos así (aunque lo de la ingenuidad esté un poco difícil)?.
Quizás nos rechazarían, pensarían que somos imprudentes, que no sabemos guardar mesura.
Yo pienso que esa sinceridad -junto a la educación y al tino necesario- nos haría mejores personas.
Vivimos haciendo caras, posando, sonriendo, fingiendo, desprestigiándonos; y no ganamos más que estirar grandes mentiras que no nos hacen algún bien.

No hay comentarios.: