27 febrero 2012

Burbujas

Hay gente que vive en burbujas, voluntariamente en muchos casos, y allí están -y no están-: evadiendo, ocultándose, tapándose con las sábanas para no ver, encerrados, apolillándose, oxidándose, muriendo; abusando de su burbuja.

Personalmente, nunca me gustó esa idea del aislamiento definitivo y feroz, me parece inconveniente: creo que está bien encerrarse en una burbuja y evitar cualquier contacto con la realidad pero creo también que esa decisión no puede ser perpetua porque, al final de cuentas, somos seres sociales y necesitamos de otras personas y de un entorno para vivir, al menos para renegar de ellas y de él; aunque, finalmente, son decisiones personales que se toman y se deben tomar sin consideraciones ajenas.
Entre quienes prefieren habitar una burbuja y no las calles de esta ciudad o de la tuya, se muestran dos polos opuestos: los que se aíslan en una burbuja de paz y de tranquilidad y de calma de bosques y lunas, y los que optan por una constituida de dolor y de pena y de tristeza -sospecho- por fatiga.

Dicen que los extremos nunca son buenos, y yo concuerdo -aunque parezca ya un extremo tal enunciado-: vivir a escondidas, enceguecido por la miel o la hiel que habites, mirando sólo lo que se quiere mirar y sin ver, siendo un títere de uno mismo y engañándose con realidades ficticias y siempre complacientes no me parece la mejor solución ni la mejor manera de encarar la realidad que -con distintos matices- es la misma para todos, para los panaderos y los barrenderos y los abogados y los gerentes y el Presidente.
Y esto sucede igual sin discriminar de qué burbuja se trate: tanto las burbujas que endulzan los días y juegan con los cabellos y acarician los rostros como aquéllas que ciegan la mirada a la esperanza y a la oportunidad y que sume a la gente en la más quieta depresión me parecen igual de dañinas y de peligrosas si se toman como la única vía para sobrevivir; permanecer en el engaño no debe ser la manera adecuada de encarar los problemas ni las adversidades y es, más bien, una manera suicida de vivir (sí, suicida de vivir: vivir sin vivir, morir en vida).
En fin, siempre habrá de todo y, al final, cada quien es dueño de hacer con su vida lo que quiera justamente porque es su vida, suya, y nadie debe imponer actitudes ni decisiones a alguien, pero sí puede aconsejarlo.

¿Yo?. Bueno, yo trato de pasármelo bien; soy consciente de que el mundo puede ser una miseria muy grande y la causa de una tristeza infinita y sin salida y entonces, por esa justa razón, necesito también mi propia burbuja de paz y de tranquilidad y de alegría que no me ciega a la realidad pero que se hace forma cuando tanto la necesito en una llamada, en una tarde naranja por el malecón, en un acorde inexplicable, en este momento en que escribo este texto y hago una pausa para ir a comprar y regreso con un Sorrento entre las manos.

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