¿Cuántos años tendría yo? Pues diez u once años, en 4to o 5to de primaria, ella también seguramente: a mitad de abril o mayo llegó al salón de clases, con sus pelos castaños, Ayelén Pérez, con su argentinidad al hablar y su mágica hermosura; con ella, sus padres, sus dos hermanos mayores y su perro -que creo que no me quiso tanto-, y se instalaron en un departamento en Miraflores, muy lindo.
El mayor de sus hermanos, Fabián, era compañero de salón de mi hermano y entonces los lazos se ampliaban, porque ya habían empezado a forjarse.
En esos años yo no aún no terminaba de descubrir Sui Géneris, ya estaba enamorado con los Enanitos Verdes y me sabía las canciones desde la introducción hasta el último acorde, a Fito Páez también lo venía escuchando y, por supuesto, me había encantado; demás está decir que mientras yo escuchaba rock -en gran medida por la influencia de mi hermano-, mis amigos del colegio andaban pegados a la música de moda en aquel entonces -no me pregunten cuál era porque no lo sé-.
Y entonces llegó ella; no sé si fue en su primer día cuando se sentó a mi costado pero si puede haber sido en el segundo o el tercero, cuando ya nos habíamos dado cuenta de que hablábamos un idioma bastante parecido. Y las clases empezaron a hacerse animadas gracias a las canciones que entonábamos mientras la Cívica y el Inglés rondaban sólo como música de fondo en esa especie de casa invulnerable que habitábamos de ocho a tres... “Todos sabemos que fue un verano descalzo y rubio...”, “Te encontraré una mañana dentro de mi habitación...”, “Y rasguña las piedras...”, “Y tenés que dejar a la gente que amás...”, “Yo te conozco de antes, desde antes del ayer...”, “Busco mi piedra filosofal...”...
Y así seguían los días. Tan amigos éramos y tan amigos además nuestros hermanos que compartíamos no sólo la música sino también el taxi de vuelta a nuestras casas y alguna vez una partida de ajedrez en su departamento que no terminamos junto a la hermosa sonrisa de su madre y la compañía de ese perro que me ladraba con natural desconfianza.
Y me enamoré, por supuesto, me quedé embobado con tremenda química que se me presentó de golpe en forma de estrella y abrazada de tanta música tan linda y que nos hacía parte de una magia inmune a todo lo demás. Como en muchas historias de amor colegiales, el enamorado le cuenta su pasión a una amiga que luego, desvergonzadamente, lo publica por todo el colegio con el respectivo eco en las profesoras que no tenían mejor cosa que hacer que fijarse en las vidas ajenas y la magia queda tristemente convertida en un sinfín de sonrojos tontos e infantiles: no importa.
No importa porque fue una época muy linda para mí, muy nueva, muy reveladora, que andaba en pies de cristal o sobre nubes, y eso yo lo siento tan dentro de mí que el resto es accesorio, nada más.
Finalmente, Ayelén regresó a Argentina y la vida siguió como siempre la vida tiene que seguir; extrañamente, no recuerdo que su partida me haya marcado algún tipo de emoción ni mucho menos que haya sido un drama...
Así que, Ayelén Pérez, donde quiera que estés, en Buenos Aires, en algún otro lugar de Argentina o del planeta, manda señales de humo hasta Lima o un correo si prefieres que lo recibiré con mucha alegría, a ver si podemos seguir cantando la misma canción.
Besos.
12 marzo 2012
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