11 febrero 2013

Joven y reflexiva

Cómo es la vida. Cuando y donde uno menos lo espera, ella -con sus formas- nos regala momentos para detenerse y pensar un poco, tal vez quedarse con alguna enseñanza y, cómo no, contarlo...


Y otra vez en el bus:Salía de Galerías Brasil, contento con mi “Piano bar” en el morral y leyendo a García Márquez, cuando, antes de que el bus doble en Del Ejército, subió un señor con gorra, guitarra y varios años de recorrido. Tenía el rostro agotado pero su mirada guardaba los secretos del ánimo con una dulzura asombrosa. Se presentó, contó que era de Loja, Ecuador, y que había llegado al Perú hace muchos años, primero a Piura y luego a Lima, y que, como a su edad ya no conseguía trabajo, debía subir a los buses a cantar lo poco que sabía para llevar algo de comer a su hogar. Así, empezó con una canción que desconocía aunque le reconocí cierto aire nuevaolero, y terminó con una segunda canción que, ciertamente, me distrajo de las escenas que García Márquez dibujaba: “Voy a pedirte de rodillas que regreses junto a mí porque soy de ti y te quiero como antes, mucho más”, canté yo también con aquel señor y su guitarra. Esa canción siempre me lleva a cantar, es muy sentida y muy simple, y muy poderosa. Cuando terminó, y yo ya había sacado de mi bolsillo algún dinero que podía darle, nos agradeció por la atención e hizo hincapié en cómo la música era totalmente abierta a cualquier generación, y me mencionó (“el chico de los lentes oscuros”) como ejemplo de tal tendencia; sólo atiné a sonreírle y cuando pasó por mi asiento y me disponía a entregarle el dinero, me preguntó de dónde conocía aquella canción, le respondí que la escuchábamos mucho en casa, nos sonreímos y siguió su camino por los demás asientos hasta culminar su pedido y bajar del bus en el paradero próximo.

Es extraño que haya personas paradas en el bus aun habiendo asientos libres. Mi habitual precaución me habría negado el sentarme al lado de aquel viejo pero mi cansancio pudo más y allí mismo fui a dar; y caí en cuenta de por qué el asiento estaba libre: Este señor, que rondaría los 75 años tal vez, apestaba a alcohol, no tenía muy buena facha y comía maní sin mucha delicadeza, sin embargo su rostro intentaba decirme otra cosa y eso me dio un poco de confianza. Al poco rato, me habló. Me dijo, muchacho, que necesitaba un favor, que había estado en una reunión, me he tomado mis traguitos, me preguntó en dónde iba a bajar, de repente me quedo dormido, que por favor le dijera al cobrador del bus que le avisara cuando lleguen a Caminos de Inca con Benavides, por favor, eres un caballerito, no tiene porqué.Al poco rato, siguió hablándome. Tú debes tener 17, ¡20 años! Qué rápido crecen, caray. Yo te voy a dar un consejo como viejo que soy, escúchame bien: ni fumes ni te drogues ni tomes. O sea, no hagas como yo, y se río. Pero volvió: el que te invita droga, ése no es tu amigo; el que te invita un cigarro, ése no es tu amigo; puedes tomarte tus traguitos con tu promoción pero moderado nomás, y eso sí, estudia, lee, trabaja, sé agradecido con tus papás.
Debe haber repetido sus consejos tres veces, puede que el alcohol lo haya hecho olvidar lo que ya había comentado pero no resultaba tan importante: se le veía tan contento de compartir algo con alguien, cualquier cosa que aquello fuera y con quien quiera que fuera que sólo pude atinar a escucharlo, asentir y seguir escuchando, hasta que tuve que bajar y nos despedimos con un cómplice apretón de manos y la promesa de recordar aquellos consejos.



Curioso. Porque uno no se imagina que la primera sensación que pueda llevarse de la experiencia con dos ancianos en un bus sea la vida misma, joven y reflexiva, audaz, extranjera, cantante, borracha, consejera. La vida misma.

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