16 diciembre 2013

Nunca sé qué título ponerle a mis textos

Me pasan cosas en el bus. Quizás por ser casi el único lugar donde socializo, por decirlo de alguna manera, y me expongo a la mirada de los demás y ellos a la de los demás y todos contra todos como si fuera fútbol. Como sea, el bus es y seguirá siendo escenario de encuentros... ¿sociales?; pero no sólo de eso.
Al menos a mí, me hace pensar mucho en mis actitudes, en las del resto de gente, en fin, en muchas cosas. Y hoy no fue la excepción.

Todo empezó con una confusión, así de simple. Dos personas nos quisimos sentar en el mismo asiento, sin saber una de la intención de la otra. Quien se sentó fui yo y quien se alteró fue ella, todo voluptuosa e imponente. Pensó que yo le había “robado” la oportunidad de sentarse porque, claro, ella también estaba camino al asiento. Fue simplemente una casualidad, nada más, y, más allá de que yo resultara sentado primero, son ese tipo de ocasiones en las que uno debe aprender a perder, porque así es la vida. Sin embargo, como ella pensó que yo le había “robado” el asiento, así, deliberadamente, me increpó de manera feroz mi mala educación, mi poca caballerosidad y algo más que, por suerte, no escuché. Como yo soy un chico de su casa y prefiero la tranquilidad, me paré y le di el asiento, no sin balbucear respuestas sarcásticas a sus arrebatos, típico gesto de mi estupidez.

Por allí viene mi sesión de psicoanálisis de hoy.
Porque balbucear frasecitas adolescentes no arregla algo y la bronca queda adentro. Lanzarse a insultar como un idiota tampoco.
Confieso que luego de unos minutos de lo sucedido, me quedé con un mal sabor de boca: hubiera querido decirle algo inteligente.
No para pavonearme frente a ella ni al resto de pasajeros, sino para sanarme a mí mismo, para sentirme tranquilo y satisfecho. Pero no por el conflicto, no por el morbo; satisfecho por decir lo que había que decir y punto. Sabemos que decir lo que hay que decir no suele arreglar las cosas, es más, a veces las empeora, pero las empeora de manera aparente, no en su fondo; en su fondo, algo se sana y algo se equilibra, aunque uno tarde años en entenderlo.
Como sea, mi reacción fue totalmente inútil. No dije nada de lo que había que decir, me puse a balbucear boludeces y chau.
Error.

Error, claro.
Uno no debe quedarse con cosas atadas. A veces nos ponemos en plan “me da no sé qué, no quiero hacer lío” y hay algo de razón en eso, si no mucho. Aligera el camino no pelearse con alguien y comerse los puñetes con ketchup. Cierto, muy cierto. Pero algo queda pudriéndose. Algo que, en mi caso, por suerte, se transforma ahora en esto que lees, pero que podría traducirse en algo peor (sí, peor que esto que lees). Sin embargo, creo que la mejor manera de hacer las cosas, en general, se da con lo que uno piensa, con el concepto que lleva consigo de justicia, de bondad, de amor. Todo el resto del mundo y de mundos que existan se alinean a eso automática y maravillosamente, no se sabe cómo, pero lo hacen y es un placer que así sea.
¿Por qué en mi caso me pongo en plan “no me pelearé con nadie y no explicaré a nadie nada”? No sé, no tengo ganas de saber y se acaba el pan. Que si la infancia, que si el colegio, los hermanos, la casa; no sé, quizás, yo te aviso.
Lo importante y lo lindo de todo es saber que pasan las cosas, por qué pasan, para qué, y cómo reaccionamos ante eso. Cuando se toma este tipo de conciencia, uno, sin querer, tal vez, empieza a construirse, poquito a poco, y conoce a una chica y se enamora y tiene hijos y así la vida, loca como ella sola la condenada, nos abraza y nos hace parte suya. Y nos reímos y vivimos felices para siempre y nos ponemos contentos de que aquello que se pudriría, finalmente se escribió en pocos minutos, de un tirón, y no se acabó el pan.


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Hasta el siguiente paradero.
Gracias.

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