Sábado 18 de octubre del 2014, mediodía.
Magdalena del Mar, Lima.
Don Alcides (67) se sentó en una banca de la Plaza Central que era ocupada por una agraciada señorita. Tras dejar a un costado la bolsa con los abarrotes que había comprado en el mercado, procedió a desatar los pasadores de su zapato para, inmediatamente, volver a atarlos. Con este gesto como excusa y luego de aclarar su voz con un ligero carraspeo, se dirigió a la supuesta agraviada: “señorita, ¿qué hora tiene?”. La señorita no vaciló en deformar su rostro tras suponer que los ojos de Don Alcides se detenían fijamente a sus voluptuosos pechos. Gritó, corrió, y a su alrededor se formó un inmenso coro de señoras y jovenzuelos que se debatían entre la arenga matonesca contra el viejo mañoso y la salivación por las tetas de la muchacha antes mencionada.
El personal de Serenazgo del distrito se acercó adonde el incidente se desarrollaba. Don Alcides seguía sentado en la banca sin entender absolutamente nada, como siempre, y se dejó guiar por los brazos de un sereno que lo llevaba hacia la camioneta del personal. Otros dos compañeros (un hombre y una mujer) se quedaron hablando con la muchacha, prometiéndoles mayor atención en la Plaza, que no se preocupe y “disculpe las molestias”.
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“Don Alcides, ya le pedimos que por favor no salga de su casa, no le hace bien, la gente es muy mala afuera. Nosotros sabemos que usted necesita ir a comprar sus cosas del mercado, ir a la misa, todo eso, pero ya le dijimos que a nosotros nos puede llamar cuando quiera para ayudarlo. Por favor Don Alcides, no salga así a la calle, ya ve lo que pasa. ¿Cuándo tiene su siguiente cita? Ya tiene que hacerse ver esos ojos, ¿está bien? ¿Cuándo se golpeó la cadera por última vez, se acuerda? Bueno, acuérdese que le han prometido la operación a los ojos, no pierda la esperanza. Llámenos por favor, para lo que necesite, ¿bien?”
24 noviembre 2014
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