Gigante de agua. Inmenso, eterno, inspirador.
Gigante de agua. Caminar por el malecón y ver el agua así, distante, lejana, sin fin. Y pensar que más allá hay otro continente, otra gente, otro idioma, otro horario.
La isla San Lorenzo se ve borrosa, gris, como vestida con una neblina extraña.
Las aves juegan por el aire, sobre el agua, esperando cambios de estación, buscando alimento entre los descansos de las olas; reposan en las islas cercanas y retoman la búsqueda.
En las profundidades, habitan cientos de especies, grandes o chicas, sobreviviendo cada una a los cambios climáticos, al aceite de algunos barcos, a la basura que arroja el propio ser humano.
Moluscos, peces, algas...
En la mitad del gigante, vagan locos, soñadores, decadentes o pescadores. Creo que buscando perderse del mundo un poco, desparecer, que pregunten por ellos, que se preocupen por ellos. O quizás no, quizás quieren pasar un buen rato ahí.
En las orillas, cuerpos semidesnudos acarician las aguas, nadan en ellas, desafían a las olas con un instinto casi sin instinto, se sumergen en la sal de la aventura, de la diversión o del olvido.
Y allí conviven amarillos, blancos, negros; ricos, pobres; jóvenes, viejos; hombres, mujeres...
En el malecón, camino con el respeto que el miedo me dicta; pero es respeto no sólo por miedo (además, mi miedo no es tan trágico), también -y sobre todo- por lo perfecto de su creación, por lo perfecto de su belleza, de su inmensidad, de su incertidumbre...
En tanto, el gigante de agua nos mira extrañado, y extrañado porque vivimos admirados por su hermosura y a la vez indiferentes ante el daño que le ocasionamos al contaminarlo.
En tanto, el gigante de agua vive su vida, yendo y viniendo, en el vaivén de los días, esperando lo que el destino le tenga preparado.
22 marzo 2010
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