Hace algunas semanas publiqué en este mismo blog un texto que titulé "Tanta mierda" en el que criticaba el estilo de vida de la mayoría de gente pudiente a partir de sus actitudes y sus poses. Debo decir que lo escribí y publiqué no sin temor de caer en agravios u ofensas, en una excesiva e injustificada severidad, y desde una mirada tal vez soberbia y marginal, revanchista y feroz.
Sin embargo, una noticia me ha dado un poco la razón, desafortunadamente.
En La Molina, una pareja de muchachos en estado de ebriedad que discutía en la vía pública fue detenida por la Policía tras las quejas de los vecinos por el malestar que estaría provocando. La pareja fue conducida a la Comisaría Las Praderas; allí, ésta exigió ser liberada y, al no conseguirlo, insultó y golpeó a los efectivos policiales. Poco después llegaron los padres de uno de los muchachos y recriminaron a los agentes por la detención de ambos y por filmar todo lo que sucedía en la comisaría. Finalmente, la pareja fue puesta en libertad pese a las faltas cometidas y se ha dado el tiempo de denunciar a dos agentes policiales por el delito de lesiones leves siendo ella la que los agredió.
¿Cuál es, entonces, la relación entre el argumento de mi anterior artículo y este hecho poco feliz?. Ciertamente, no conozco los detalles precisos de la reacción de estos muchachos -ni tengo ganas de conocerlos- y su estado de ebriedad -como a todos en distinta manera- altera inevitablemente su conducta regular pero resulta válido este hecho para explicar un poco lo que podría haber pasado y suele pasar en este tipo de incidentes.
A ellos -así como a gran parte de la gente de la inútilmente llamada 'clase alta'- no les molesta tanto que los hayan detenido en estado etílico ni haber generado malestar en los vecinos ni nada de eso, lo que más les molesta -perdonen la crudeza- es que "estos indios de mierda no tienen derecho a detenerme, ¿quién se ha creído que es este imbécil?, ¿policía?, yo gano más que él y me cago en su uniforme, le doy cien soles para que me deje tranquilo y te aseguro que termina lamiéndome los zapatos, yo hago lo que me da la gana de hacer y este no me va a decir que no, no sabe quién soy yo, hablo con mi tío que es amigo del ministro y ese imbécil no vuelve a trabajar acá". Y así, perdonen la crudeza pero es que así sucede, y es alarmante.
Se juntan, así, la mala crianza de gente a la que se le acostumbra a la altanería como respuesta y al cumplimiento ciego de caprichos, una insoportable dosis de racismo, el poco respeto a las autoridades del país y el poco respaldo legal -traducido en el temor de intervenir sin miramientos a quien sea- hacia la labor policial. Eso.
Que este triste incidente sirva para caer en cuenta de una vez por todas de que hay cosas que ya deben cambiar para vivir en un mínimo y esencial clima de respeto, armonía y paz; cambiar en los hogares y en las instituciones, y sin miedo.
31 octubre 2011
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