22 julio 2013

El antifaz de un jinete

Primero, la muerte.
Luego fue Patricia, con sus ojos dorados y profundos, impresos como un cartel, quien empezó a hablar, “¿te acuerdas de mí?, sí, sabes quién soy, por suerte ya no estás”.
Y al siguiente parpadeo fue Raúl, con su cerveza en la mano y un “te extraño” en cada centímetro del cuerpo.
Después sus papás, viejos y cansados, pidiéndole que se cuide, que adónde sea que vaya se cuide, no olvide sus pastillas si las volviera a necesitar, no olvide sus terapias si las volviera a necesitar, “no nos olvides si nos volvieras a necesitar”.
Y al instante, la lengua de su perro lo acariciaba con desorden pero con amor, con sinceridad animal; pero él no lograba articular ni en palabras ni en movimientos sus intenciones.
El barrio, las chicas, la Suzuki, la casa de playa en Punta Hermosa, la casa de invierno en los brazos de Patricia, el cielo y el infierno en sus ojos dorados y profundos.

¿A dónde se fue todo? ¿dónde quedó la magia, mis treintaicinco, mi oficina personal, esa felicidad que me celebraban mis amigos entre la pelota y las Cusqueña?
¿Qué será de ese vientre hermoso que dibuja Paty en su cuerpo, que vive en su sonrisa, que muere en su rencor? ¿qué será de ese campeón que nacerá sin su padre, que no reirá con él, que no se molestará con él... conmigo?
¿Quién atenderá a los viejos en adelante? ¿quién se sentará a escuchar sus historias de ciudades respetuosas y puertas entreabiertas sin cuidado?
¿Y yo? ¿yo a dónde estoy yendo? ¿para qué? ¿por qué? ¿quién me espera?
¿Y yo a quién le estoy preguntando todo esto? ¿quién se supone que me escucha del otro lado de este jardín, de esta infancia que me recorre como un insecto, que me divaga, que me encierra, que me cansa, que me mata?
Que me mata con su aguijón.

Y luego las veredas y los postes de luz y la panadería y el mercado y la botica y el quiosco con los diarios y los perros de enfrente y la soledad y el frío y la esperanza y la realidad y la esperanza otra vez y la realidad otra vez y los juegos y la computadora y el silencio de una corchea y el antifaz de un jinete y el silencio de una corchea y la computadora y los juegos y la realidad otra vez y la esperanza otra vez y la realidad y la esperanza y el frío y la soledad y los perros de enfrente y el quiosco con los diarios y la botica y el mercado y la panadería y los postes de luz y las veredas y luego...

Y luego un sonido hiriente como de una máquina
y luego el grito de una mujer
y la mascarilla de un doctor.

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