Dios sabe que, al final de cuentas y pensándolo con frialdad y serenidad, siendo sensato y razonando y demás, lo respeto, lo admiro y lo quiero y que veo en él no a una figura grande como hecha de bronce en el sentido de la omnipresencia y todo eso que nos cuentan en el colegio y en la casa y en la iglesia para que nos portemos bien -para que seamos buenos chicos-, sino que lo entiendo como un ente superior que está más allá de todo y como ese espacio en donde deposito confianza y responsabilidad, sobre todo en el sentido de aquello que veo todos los días y que me ronda y que de alguna manera quiero contar. Y bueno, digo “al final de cuentas” porque, por lo fugaces y poco dados a pensar que pueden ser los días, tan asesinos, tan despiadados a veces, a quien tomamos como el principal responsable de lo malo que pueda ocurrir es a él.
De lo bueno que ocurre creo que no debería hacer tanta falta hablar pero suele ser necesario: reconozco con admiración y me sorprendo cada vez más de lo genial que puede ser el organismo -por dar el primer ejemplo que se me ocurre-, que cuando se abren heridas pues también se cierran y la piel se regenera, que cuando algo nos ataca hay un sistema listo para curarnos... en fin, todo, la naturaleza, los árboles, los perros, el aire que respiramos, el universo, las galaxias, las emociones, el sistema reproductivo, el amor, las sensaciones; yo sé que todo eso que funciona de maravilla es obra de Dios y no me cabe alguna duda sobre ese funcionamiento tan perfecto (sí, “obra de Dios” dije, ¿si no de quién?, ¿de la física?).
Pero siempre hay cosas que no termino de entender y que, claro, con la respuesta “todo está en el plan de Dios” terminan en el indigno lugar del olvido y no es ése el lugar que merecen, no lo es porque son esas cosas que nos marcan los días y nos generan la ira y los enojos que demostramos hasta cuando nos toca ir a comprar el pan o el diario, y eso no me parece justo: como tampoco me parece justo, querido Dios, que cuando necesito bañarme haya poco agua o que el día que debo salir temprano llegue una llamada que me tarde; puede parecerte poco todo esto que te digo o fastidios torpes, si quieres podemos ir más lejos que hay mucho más por conversar, por ejemplo, la gente que te representa aquí y habla en tu nombre con una careta evidente, la pobreza, los niños con cáncer, el hambre, las injusticias, la miseria.
Dios, ¿podrías explicarnos al menos un poco sobre lo que pretendes?, no te lo exijo pero sí te lo pido porque me parece necesario, porque me parece insostenible que el mundo siga así, tan desigual, tan canalla; o sea, ¿cómo te explico?, me da una bronca enorme que todo pueda ser tan genial y que podamos disfrutar de la belleza que, al final de cuentas, es todo pero que, en el día a día, debamos resignarnos a luchar por no terminar peor o más triste o desolado.
Estamos en confianza, somos dos tipos serios y creo que nos respetamos lo suficiente como para tener este tipo de conversaciones sin irnos a las manos o gritarnos sin razón; fíjate, todo esto me anda rondando hace mucho y si no lo digo me enfermo aún más, tú lo sabes, así que aquí estamos y, como ya se va haciendo costumbre, espero respuestas, o algo, una señal o una palmada en el hombro, algo que me diga que me estás escuchando y que me estás atendiendo, que me diga que puedo seguir confiando.
Bueno, espero de veras que esto se repita, no creo ser el único que lleva cuestiones en sí que lo intranquilicen un poco... ah, y ojalá sea cierto eso de que el paraíso será de los pobres y de los buenos de corazón (ya no sé si lo dijiste exactamente así, no soy asiduo lector tuyo pero creo que estoy en lo cierto al menos respecto de lo que piensas) porque es necesario y es justo.
Hasta pronto.
05 marzo 2012
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