27 enero 2014

No importa la verdad (a veces)

Es curioso cómo las sociedades buscan establecer cosas qué admirar.
Mientras por un lado tienen la tele, los comercios o la ropa, por otro utilizan a determinadas personas para que sean sus ¿héroes?
Esto por un lado me asusta y por otro me parece correcto. Como, al parecer, todo, suele tener dos caras.

Me asusta porque se presta para la manipulación, para los ídolos de barro y fanatismos idiotas y paralizantes. Es así. Podemos ser como adolescentes febriles en constante persecución a su ídolo. Conocemos su corte de pelo, su signo zodiacal, cuánto mide, cuánto calza, qué color le gusta más y qué toma al desayunar. Pero eso no es lo peor, incluso se pierde en lo anecdótico. Lo peor es la expectativa. Porque nuestro ídolo no nos fallará. Él jamás haría algo malo. No se droga, dona dinero a las entidades correspondientes, quiere a sus papás, adopta mascotas o, en el mejor de los casos, niños. Claro, como si no fueran personas, como nosotros. Nos enceguecemos. Somos infantiles. Nos prostituimos. Y cuando la burbuja se rompe, cuando el mundo es mundo de verdad otra vez, la vida real ahoga: Sí, corazón, tu ídolo también se emborracha, a él también le da diarrea, puede no bañarse y apesta y no le importa, consume marihuana, es egoísta y homosexual. O maricón, como los llamas tú.
Muchos dicen que estas personas, estos ídolos, están condenados y que, lo quieran o no, deben preservar una imagen pública correcta, decente y limpia. Qué será una imagen, vaya usted a saber. Lo que yo sé es que al tenista le pido que juegue bien al tenis, al actor que interprete con personalidad su papel. No más. Pedirles que seas nuestros héroes, hermanos, padres o novios, no es problema de ellos. O no debería. El problema está en nosotros. En nuestra soledad.

Por otro lado, es necesario tener gente a la cual admirar. Tener guías, saber cómo es el camino; sin embargo, es bueno hacer uso de aquella admiración desde la subjetividad, desde la lejanía, desde la idealización pura y no desde el periodismo. Pienso en Jesús, en Miguel Grau. Que no fue divino, que su esposa fue María Magdalena, la puta; que no fue un héroe, que fue sólo un político con ansias de figuración. Son personajes disímiles, claro, pero la gente los admira y tiene una imagen de ellos importante, poderosa, los quiere. Y los reconoce como sus héroes, sus figuras. ¿Que no resucitó o que no fue el Caballero de los Mares? No importa. ¿Para qué perderse en detalles insignificantes? Lo que realmente vale es que, a través de ellos, llegan a nosotros las ideas del amor, la bondad, la paz, la nobleza, el cariño. Es eso lo que importa, no si fue una manzana la que comieron Adán y Eva. Pero hay gente que se enterca en “quitarle la venda de los ojos a esta sociedad presa de grandes mentiras” y pierde su tiempo y ataca todo lo que se ha construido para hacernos mejores y felices. Que a lo que atacan es una mentira, puede ser, claro, pero sería una mentira que nos hizo más bien que daño, que sirvió para que veamos lo que ella representa y no su forma, ni sus colores.

Al final, creo que lo realmente importante es creer en algo, con pasión pero sin apasionamiento. Me parece que hay una diferencia importante allí.
Jesús pudo haber sido un tipo cualquiera, pero yo creo que él fue y es el amor. Miguel Grau pudo no haber sido un héroe, pero por él nos enseñaron de caballerosidad en el colegio. Tu músico favorito puede ser alcohólico pero su música te lleva a volar. Tu novio puede no amarte como tú quisieras pero gracias a él conoces el amor.
No importa cuál es la verdad de las cosas, antes de ella, existe la sonrisa, el aprender y vivir.

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