02 septiembre 2013

Alfredo, Elsa y Robertito

“Carlito sin ese al final, que odiaba la cumbia, casi casi que no la podía oír porque le venía un espasmo de moralidad y asquito reprimido que por poco y lo desmayaba en medio de los buses.
Carlito sin ese, a lo que iba, se casó, trabajaba en una empresa de electrodomésticos y en sus ratos libres tocaba la guitarra, una Yamaha Pacific que le regalaron sus papás por sus dieciocho, hace casi diez años ya. La guitarra, aparte de sonar bien a oído general, era linda, pero a Carlito no le gustaba: era blanca con turquesa. ¿Turquesa mami? Turquesa, ese color colorido colorinche colorado, celeste indefinido, amanerado; pero, en fin, era una guitarra y no iba a gastarse toda la plata que no tenía en comprar una de algún color que sí le gustara, además, sería feo hacerle eso a sus papás, ellos que con tanto amor.”


Yo estaba escribiendo esto firmemente convencido de mi buen humor hasta que lo releí y me di cuenta que era una burda copia de cualquier libro de Alfredo Bryce Echenique. Debo reconocerlo.
Justamente, esas líneas corresponden al mes pasado en que, luego de leer “El huerto de mi amada” por segunda vez -y quedar segunda y mayormente enamorado-, me sumergí en “Dos señoras conversan”, libro que, aunque no me cautivó desde el inicio, supo robarse mi interés rápidamente... y mi pequeña originalidad también, por cierto.

En fin, pero esas líneas tienen una historia, casualmente, relacionada con “Dos señoras conversan”.
Estaba en el bus y, como siempre que puedo, me puse a leer, tranquilo, nadie me molestaba, no tenía apuro... Hasta que subió un chico con una Pacific turquesa y un pequeño amplificador en su mochila, se presentó y nos dijo que iba a tocar cumbia, y tocó. Y yo, tan tranquilo, me intranquilicé. Yo sé que no lo hacía por molestar, obviamente, pero me incomodó la mala suerte de que justo este chico subiera al mismo bus en el que yo estaba leyendo, y para colmo de males, que se ponga cerquita mío. Pero tocaba muy bien así que no me hice tanto drama.
No tanto, pero sí en mi afán de querer escribir importante y cautivado ya por las historias tan bien contadas de Bryce, quise contar yo también su historia, e inventarle una. Contar que lo habían echado del trabajo, que tenía una familia por cuidar y que la cumbia, aunque no le gustaba nadita, era su fuente de dinero, y que él supo acoplarse a eso, valientemente. Con su guitarra amanerada.
Algo de cierto tendrá la historia verdadera de ese chico, claro, pero yo no la conocía al cien por ciento y ése era, quizás, el mejor gancho que podía tener.

Pero, por suerte, fracasé. Fracasé en mi intento de querer ser tan bueno y bonito como Bryce. El buen Alfredo ha sabido tener un estilo propio y tan suyo que es muy difícil acercársele siquiera en el humor, que tan universal pudiera parecer.
Y, como digo, tuve esa suerte porque no pude copiarlo, porque me di cuenta no muy tarde y porque ahora escribo sobre esto y me causa gracia, atención y hasta cierta ternura cómo uno, aunque ya tenga un par de pelos en la barbilla, no deja de ser una persona susceptible, admiradora y hasta voluble, claro, voluble, eso mismo.
¿Ven?

Gracias Alfredo.
Gracias Elsa, yo te juro que te quiero,
que sin ti yo moriría, si me faltara tu amor.

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