Soy respetuoso de mis demonios. No les temo pero sí les guardo respeto; son mi historia, mal que bien, y eso serán siempre. Algo que pasó y también algo que queda. Son mis temores, infantiles, primarios, adolescentes. Son parte de mí. Quizás sin quererlo, son parte de lo que soy ahora: si soy mínimamente fuerte, ha de ser porque tuve (y tengo) temores que me hacen así, que me obligan a sobrevivir. Eso está bueno, es necesario.
Creo que mis demonios no me dominan. En el peor de los casos para mí, convivimos, pero quien pone las reglas soy yo. O eso creo, o eso quiero creer, o eso me impongo creer. Y en esa creencia, en esa fe absoluta y ciega, es que uno, como hombre, se convierte en su propio héroe. Es bueno admirarse a sí mismo. Reconocerse en el abismo y volver, a la tierra, al polvo, al corazón.
Mis demonios son parte importante en mí, yo no sería quien soy sin ellos así que podría decir que es por ellos que escribo esto, por ejemplo, que empecé a escribir y que sigo escribiendo, que no me amilano ni me da demasiado frío en la calle y sé caminar muchas cuadras sin lamentarme demás.
Yo sé que mi relación con mis demonios es como mi relación con Dios. Dios puede ser también un demonio para muchas personas. Para mí no, he de decirlo, pero son relaciones parecidas, de amor-odio, de sinrazón, de buscar porqués, de llorar, de luchar y de, finalmente, resignarse y aceptar. Eso no es malo. Muchos creen que la resignación (y consecuente aceptación) es una derrota. Yo no lo veo así y, muy por el contrario, siento que al saberme en mis dimensiones correctas y conociendo mis menos, gano tiempo, tranquilidad, felicidad, libertad y un alivio tremendo por no obligarme a mí mismo a luchar con dragones que no existen en palacios que no demoran en derrumbarse.
Mis demonios se bañan conmigo, desayunamos juntos, somos igual de miserables en los buses y nos molesta de igual manera las matemáticas. Son un poco como yo. De alguna manera, mis demonios también son yo. Yo soy mis propios demonios. Todo aquello que vivimos somos sólo nosotros mismos, ¿no?
En fin. No me hago un melodrama del asunto, no me pongo a llorar, no rompo la puerta ni salgo a drogarme bajo el puente. Pero sí lo escribo. Dejo testimonio de mí, soy un hombre como todos, como el primitivo que contaba el mundo en las cavernas. Es la necesidad de comunicarse, con los demás y con uno mismo. Aquí hablo sobre mí y por mí, y dejo dicho que mis demonios son unos hijos de puta a los que adoro, son los mejores demonios que uno pudiese tener.
01 septiembre 2014
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