Eso dice un graffiti que vi hace unos días en una calle de Barranco y verlo me produjo una especie de recordatorio de sensaciones muy lindas que vi o que escuché o que me sucedieron y que se quedaron en mí, como todas: éstas florecieron.
Iba en el bus, oyendo música para no escuchar el ruido del tráfico, y de pronto subió una chica con su bebé en brazos, no más de año y medio tendría el chiquitín, y en algún momento, como en un rapto de magia, capté su mirada descubriendo sin pausa el mundo: los árboles, el chofer, los edificios, el chico de los auriculares, los autos, los zapatos, las ventanas, el espejo. Y lo veía y me abrazaba una ternura inmensa, observar cómo incorporaba para él nuevas percepciones, aunque acaso no lo sepa, saber que su vida es una vida nueva, su alma está limpia, es una hoja en blanco, una posibilidad a flor de piel, la esperanza; pensar en todo eso me esbozó una sonrisa mientras, afortunadamente, en ese momento, olvidaba quién sonaba en los auriculares y para qué.
Caminaba por una callecita solitaria, pensando no sé en qué y avanzando casi sin notarlo, cuando empecé a divisar unas zapatillas de lona, tobilleras, piernas torneadas y color canela, un short que apretaba sensualmente los muslos y un polo ceñido al cuerpo que soñaba en una pasarela; cuando por fin hubo alguna cercanía, la hosquedad de su rostro lo delató: era un travesti, un sensual travesti, mal afeitado y con un arete en una oreja pero finalmente sensual. Y pensaba un poco en su lucha: su lucha tal vez contra él mismo, tal vez contra sus padres y sus tías y sus primos y sus amigotes, contra una sociedad que parece estar dispuesta a aceptar la maldad pero no la felicidad que no pueda comprender, pensaba en su búsqueda personal, en su pararse al espejo y sólo recibir dudas, o tal vez no; y entonces concluí que aquel travesti era un personaje admirable por poder ser como quiere ser y sonreír pese a las malas caras y caminar con la frescura veraniega que ese short le permitía, sensualmente, y le sonreí al cielo.
Jueves en la tarde: mi papá me llama y me dice que una amiga suya le ha mandado una invitación doble para el concierto de jazz afroperuano del sexteto que integra su hija tocando el saxo, para esa misma noche; me descolocó -como siempre me descoloca- el apuro y lo inesperado de la noticia pero tenía ganas de ir y fuimos, expectantes. El sexteto sonó espectacular, músicos de primera haciendo una música excelente; terminado el concierto, luego de los pisco sours de cortesía y para nuestra sorpresa -grata sorpresa-, se acercó a nuestra mesa la hija de la amiga de mi papá, la saxofonista del grupo, y nos saludó con su sonrisa y su música y entre los tres compartimos algunas lindas palabras que ya no recuerdo bien qué decían: me quedé pensando en ese lindo gesto de su parte, en esa sencillez de acercarse a la mesa a saludar, esa amabilidad; nos despedimos y hasta hoy no dejo de valorar eso y de empezar a pensar que hay gente buena en el mundo que está siempre dispuesta a darnos una sonrisa, con un solo de saxo.
Y sí, para mí, todo eso es la felicidad, la revolución de ser feliz entre tanto moho en el ambiente, la revolución, ser feliz, sonreír, pensar en el amor, ser el amor, descubrir la magia, reconocer, enternecerse, valorar. Y salir a caminar por ahí y ver un graffiti en la calle que plantee todo esto...

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