18 febrero 2013

Atardeceres naranjas

Para Camila

 
Yo que era un tipo más, un caminante más, una esperanza menos, un escribidor sin éxito, un amante de mi imaginación. Nada especial. Un comensal más de menestras, un tonto importante, un músico frustrado.
Digamos que no he cambiado mucho, la novedad -más bien- vino en forma del amor, del más bonito que he podido conocer y del cual me siento un dichoso miembro.

No tenía preparado algo para escribir hoy. Mi inconstancia y una sospechosa y medio mentirosa “inspiración de último momento” me hacen dejar para el domingo la elaboración del texto que publique, aunque es cierto que llego con ideas para trabajar hasta quedar satisfecho con alguna de ellas.
Sin embargo, cuando mi querida chica loca me comenta que está en Huachipa por invitación de su hermana, que está en el zoológico viendo leones y otorongos mientras deja atrás -por un momento- libros desgarbados y horarios sin gracia, me entra una felicidad que me cambia el día y todos los planes. Para bien. Como ella. Me sentí muy contento porque estuviera compartiendo un buen momento, descubriendo cositas que no se descubren a menudo y dándose un espacio para sí, para su alegría y su sonrisa fresca como flor.
Y yo, que traía mis historias extrañas y enreveradas, supe que esta noticia era un recuerdo. La vida me recordaba que así, de esa manera imprevista y soleada, llegaba ella a mí, esa chica con sueños de Carnaval y atardeceres naranjas. Y que así como cambió el rumbo de mis días con una dulzura casi maternal, pues así también cambiaría el color de hoy de este blog de fondo blanco y autor opaco.

Y es así que, de esta manera, celebro mi felicidad, su felicidad, y me lleno de color gracias a su feliz noticia, a su sonrisa, a su manera de hacerme vivir.
Gracias por todas las sensaciones, amor.

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