Hay días que no deberían terminar sino hasta que acabemos de hacer lo pendiente, aquello que aún nos anda remoloneando, aquello que no nos deja parar un poco, un minuto al menos, para respirar, fumarse un cigarro y continuar.
Hay días que no deberían durar más que ese instante revelador en que nos resigamos, caemos en cuenta y reconocemos que ya nada podemos hacer hasta el siguiente -días que parecen inmortales- y la espera por aquél suele ser eterna.
Hay días en los que sólo queremos silencio, tranquilidad, quietud, pausa, cerrar los ojos y olvidar; que no toquen las bocinas los automóviles, que no llamen a la puerta los vendedores de religiones, que no suene el teléfono, que no saluden los vecinos, en fin, que la vida se olvide por un momento de nuestros nombres y de nuestras direcciones.
Hay días en los que extrañamos el ruido, el smog, las calles atiborradas de gente que llega y se va, presurosa, hacia algún lugar, el sol asfixiante aun en la sombra o la lluvia que se empecina en obstaculizar nuestro torpe andar; que extrañamos esa ficticia sensación de pertenencia y de compañía que nos hace sentir menos solos, o tal vez más.
'Hay días para quedarse a mirar, hay días en que hay poco para ver, hay días sospechosamente light, hay un deseo que pido siempre que pasa un tren'. Andrés Calamaro.
Hay días de renunciar a todo; de renunciar a salir de la cama, a cocinar, a bañarse, a leer, a escribir un artículo de lunes; días de renunciar a los grises días de siempre, a la rutina que se burla a escondidas de nosotros y que mata lenta y sarcásticamente.
Hay días sospechosamente light en los que uno despierta con ganas de todo, en los que uno siente que la vida se termina al siguiente minuto y que hay que apurar el paso, y la escena -en cámara lenta- parece propia del final de una película optimista; días de salir adelante, de llevarse al mundo de encuentro.
Hay días de no pensar tanto en acordes ni en tablaturas ni en pentagramas, ni en tensiones ni en progresiones ni en escalas, días de (volver a) escuchar a The Sacados, a Lady Gaga, a Pet Shop Boys, a Miranda!, a Madonna, y bailar horas de horas solo o acompañado de esa persona que se nos parece y que refleja el espejo.
Hay días de retroceder innumerables veces la misma canción para intentar descifrar un acorde -ese era un aumentado creo, ¿do aumentado?-, días de oncenas, de trecenas, de sextas sobre novenas, de posiciones inexplicables sobre las cuerdas en el diapasón de la guitarra, dedos deformados y manos que se esfuerzan.
'Con esta música que hay ahora no entiendo bien por qué estás tan sola paralizando la tierra el día que apagaron la luz'. Charly García.
Hay días para vivir, buena suerte.
26 septiembre 2011
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