18 noviembre 2013

La palabra primero

No pensé que, al salir a comprar el pan, me encontraría otra vez frente a algo que tanto me molesta y que, sin embargo, es también algo que me ayuda.
Es que hice fila en la caja de la panadería, doce franceses, y atrás mío había un señor de, qué sé yo, sesenta o sesenta años, esperando por comprar también. Y al momento de acercarnos a recoger lo que pedimos, el señor se me adelantó, pendencieramente, y recogió lo suyo antes que yo a sabiendas (suyas y de la chica que atendía en la panadería) que yo había llegado y pagado primero y, por consiguiente, debía recoger primero mis panes para el lonche.
Así de simple. Fue así de simple y así de tonto.
Tonto, claro. Se supone que estamos en una sociedad en donde se respetan las normas y hay un mínimo interés por vivir en armonía. Se supone, por supuesto. Nada más, porque somos unos pelotudos que ni respetamos esas normas vitales ni las hacemos respetar ni nos afectamos.
Pensaba decirle algo a la chica, incluso al señor, que respetasen el orden de llegada, que qué preferencia tenía el señor, que si tenía apuro me hubiera avisado... Pero, ¿con qué me encontraría? Con una chica desencontrada del mundo que, evidentemente, preferirá la seguridad que le da la edad del señor para darle la razón al más fuerte, al más gritón (o al que más aparente ambas condiciones); con un señor que me tratará como si fuera yo un malcriado (un mal criado), irrespetuoso de sus canas y de sus cansancios, un atrevido, ya señorita deme mi pan; con un público que ayudará al señor a no deprimirse por la insolencia de este chiquillo, habrase visto tamaña falta de respeto... No, gracias. Para disgustos, me basta y sobra con la propia vida, con los buses llenos de gente y con el hervidor de agua que me deja en vilo.
Y aunque, quizás, a corto plazo, no aparente ser la mejor decisión, personalmente, prefiero la tranquilidad de no ganarme más problemas y malas caras a la pelea constante y el ring de box móvil en el que se convertiría mi vida si quisiera poner en orden cada cosa que me afecta. Y digo que no aparenta ser la mejor decisión porque, idealmente, yo debería reclamar por mis derechos y crear una conciencia en la que el respeto sea fundamental para una sociedad de paz y bienestar para todos, pero sé que llevo las de perder, lamentablemente, que no ganaré porque el más fuerte pega más duro y yo, qué te puedo decir, soy un mocoso sin opinión para nada.
Eso es lo que creen, claro. Porque tengo una opinión y, más allá de las formas, creo que mejor que la inmediatez y el efectismo que pudiera lograr con la discusión, resulta la opinión, el alma, el raciocinio y la sinceridad. Se acabó. Prefiero escribir mi bronca y darle forma que sume y aporte al pensamiento antes que entregarme al caos inmediato que, claro, es lo políticamente correcto, pero no es realmente beneficioso.
Aquí lo escribo y aunque, claro, el señor no se enterará de nada ni la chica de la panadería me dará el pan en el momento justo, sé que alguien leerá esto y me dará la oportunidad de establecer algo, una idea tal vez, que permita un orden distinto en donde no sean los actos los que luego se piensan sino los pensamientos que tomarán forma, una actitud.

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