Y cómo es de ambivalente y extraña.
Desde chicos, en el colegio, en la casa, en la sociedad en
sí, se impone una educación como costumbre en la que la resignación es la
estrella, el lugar a permanecer, la habitación con jacuzzi para relajarse y no
pensar, y chau. Olvídate del compromiso y la voluntad, no, eso hace sufrir, no
vale la pena darse por completo si es más fácil entregarse al confort que da la
mueca lastimera.
Como contraparte, hay otra punto de esa misma educación que
habla del esfuerzo total, la otra mejilla, el sacrificio, el dolor; sangrar y
desangrarse pero siempre de pie; hecho bolsa pero de pie. Y, no sé, parece que
se pretendiera una especie de “dignidad” para la platea, para el aplauso
ignorante de corazones, que lo único que hace es entorpecer la propia vida y la
traducción de sensaciones. Cero fracaso, no existe, es una ilusión, tú no, tú
eres un chico inteligente, no como ésos. Tú no.
Y dicha polarización es una idiotez. Absoluta.
Si algo he aprendido en el poco tiempo que camino la calle
con cierto raciocinio es que en la vida no hay absolutos, nada es totalmente
algo en ningún sentido. No se es completamente un hijo de puta ni se es
completamente un pan de Dios, existen también los grises y ni éstos son
absolutos pues siempre estarán sujetos a la historia personal y subjetividad de
quien lo mire, cuando lo mire, como lo mire.
Así, tampoco puede haber absolutos en las decisiones que uno
toma.
Uno debe aprender a aceptar las cosas, es cierto, pero
también debe aprender a luchar y a no darse por vencido. ¿De qué dependerá?
Otra vez, no hay absolutos: la vida, el entorno y el humor harán su parte e
influirán en la decisión y la postura que tomemos. Es una decisión, no una
norma.
Por eso, admiro con iguales ojos, a quienes tienen la
sapiencia de renunciar a lo que buscan con total humildad y sabiendo que
llegaron a un límite en el que parar es una opción, y también a quienes
persisten en un ideal o en una meta porque saben que pueden seguir e insistir
aun cuando duela y sea un proceso largo; y moverse por ambas aguas no es síntoma
ni de ambigüedad ni de indecisión, es más bien la representación de una
búsqueda propia de respuestas y soluciones que, evidentemente, no se alcanzan
esperando en la silla sino actuando y descubriéndose, y tentando el camino.
Es así la vida, y creo que sólo cuando uno logra reconocerse
en ella, con sus vericuetos, es que puede disfrutarla a plenitud, sabiéndola un
albur, sabiéndose un albur. Y que la rueda seguirá girando así.

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