11 marzo 2013

Dos caras de la vida

La moneda, sus dos caras: la vida.
Y cómo es de ambivalente y extraña. 

Desde chicos, en el colegio, en la casa, en la sociedad en sí, se impone una educación como costumbre en la que la resignación es la estrella, el lugar a permanecer, la habitación con jacuzzi para relajarse y no pensar, y chau. Olvídate del compromiso y la voluntad, no, eso hace sufrir, no vale la pena darse por completo si es más fácil entregarse al confort que da la mueca lastimera.
Como contraparte, hay otra punto de esa misma educación que habla del esfuerzo total, la otra mejilla, el sacrificio, el dolor; sangrar y desangrarse pero siempre de pie; hecho bolsa pero de pie. Y, no sé, parece que se pretendiera una especie de “dignidad” para la platea, para el aplauso ignorante de corazones, que lo único que hace es entorpecer la propia vida y la traducción de sensaciones. Cero fracaso, no existe, es una ilusión, tú no, tú eres un chico inteligente, no como ésos. Tú no. 
Y dicha polarización es una idiotez. Absoluta. 

Si algo he aprendido en el poco tiempo que camino la calle con cierto raciocinio es que en la vida no hay absolutos, nada es totalmente algo en ningún sentido. No se es completamente un hijo de puta ni se es completamente un pan de Dios, existen también los grises y ni éstos son absolutos pues siempre estarán sujetos a la historia personal y subjetividad de quien lo mire, cuando lo mire, como lo mire.
Así, tampoco puede haber absolutos en las decisiones que uno toma. 
Uno debe aprender a aceptar las cosas, es cierto, pero también debe aprender a luchar y a no darse por vencido. ¿De qué dependerá? Otra vez, no hay absolutos: la vida, el entorno y el humor harán su parte e influirán en la decisión y la postura que tomemos. Es una decisión, no una norma.
Por eso, admiro con iguales ojos, a quienes tienen la sapiencia de renunciar a lo que buscan con total humildad y sabiendo que llegaron a un límite en el que parar es una opción, y también a quienes persisten en un ideal o en una meta porque saben que pueden seguir e insistir aun cuando duela y sea un proceso largo; y moverse por ambas aguas no es síntoma ni de ambigüedad ni de indecisión, es más bien la representación de una búsqueda propia de respuestas y soluciones que, evidentemente, no se alcanzan esperando en la silla sino actuando y descubriéndose, y tentando el camino. 

Es así la vida, y creo que sólo cuando uno logra reconocerse en ella, con sus vericuetos, es que puede disfrutarla a plenitud, sabiéndola un albur, sabiéndose un albur. Y que la rueda seguirá girando así.

No hay comentarios.: