Uno va aprendiendo cosas durante la vida y ese aprendizaje tal vez sea uno de
los puntos que no debemos perder con el correr de los años, aun cuando creamos
que el tiempo ya se encargó de enseñarnos lo que debía.
No hace mucho, yo aprendí sobre el amor, aprendí bastante, y tengo la suerte de
poder decir que sigo aprendiendo y que sigo sorprendiéndome con su fuerza y su
capacidad para ponerse al frente y doblegar lo que se presente.
Yo creo en el amor, creo que el amor es fuerte y que, si uno
está predispuesto a entregarse, puede sostenernos en los momentos más difíciles
y de tensión, háblese del amor del que se hable: a una persona, a un objeto, a
una profesión, a la naturaleza, a la vida; lo que sea que motive en uno una
dedicación especial y nos llene de energía. Y creo en eso con puntos y comas. E
intento tener esa idea conmigo siempre.
Pero hay algo en lo que yo no había reparado con detalle y
que me sorprendió hace unos días, y es en las maneras en que ese amor se viste
y toma apariencias, las más insospechadas tal vez, para hacernos resucitar.
Me sucedió en el bus: Cuando subí, me senté al lado de una chica
que no dejaba de atender su celular con la mirada, pude sentir en ella una
cierta alegría que sólo logré confirmar cuando escuché su risa respetuosa,
medida, pero sincera, y la relacioné al amor porque me pareció una expresión
cómplice, hermanada a esa sensación, la sospeché contenta, entregada, los ojos
le brillaban, y eso me pareció lindo, (creer) reconocerlo me pareció lindo.
Tanto como cuando subió una señora con dos niñas y esta misma chica se ofreció
a llevar a una de ellas en sus piernas (con la misma sonrisa de minutos
anteriores) y la otra me hacía gestos tan divertidos que me enternecía en el
alma su humor, esa manera tan genial de comprender el mundo que la rodea, y
jugábamos haciendo muecas y tonterías que nos hacían felices, muy felices.
Tanto como aquella niña que, con sus ojazos de cristal, descubría las manos de
la señora que tejía a su costado y le hablaba y la miraba y le sonreía y le
actuaba todas las vidas que ella ni imaginaba y que descubría sin saber.
Ver todo eso en un lugar tan cotidiano como el bus me llegó mucho, es que me
enternece, me llena de vida, me hace pensar que puedo sobrevivir al caos en el
que se convierten a veces mis días con sólo recurrir a imágenes de amor, de
amor por la vida, por la felicidad, por la sonrisa, del amor más puro y más
sincero que puede haber, ese tan espontáneo.
Y pienso un poco que es eso lo que necesitamos, ese impulso que nos permita
rehacer un día complicado, volver a dibujar una esperanza en nuestros
corazones; no es fácil cuando hay una rutina que nos absorbe pero es tan lindo
ya el sólo hecho de intentarlo que, no sé, al menos yo, me lleno de felicidad y
de armonía. Y saber que esas imágenes las puedo encontrar incluso en un bus
poco amigable es un aliciente, como recibir un mensaje que dice que,
efectivamente, el amor es tan fuerte y tan genial que no tiene condiciones de
presentación, que está allí, que debes mirarlo y hacerlo tuyo, y sonreír,
sonreír, sonreír. Y entregarte. Y sonreír.
08 octubre 2012
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