16 enero 2012

Para mi mamá

Mis papás se separaron cuando yo tenía seis años, dejaron el departamento que alquilaban y cada uno comenzó a vivir por su cuenta; no recuerdo cuál fue mi destino entonces, las pocas imágenes que vienen a mi mente son un tanto borrosas y confusas y se sitúan en las casas de dos tías donde viví por algunos meses entre los juegos con mi prima y los almuerzos exquisitos de mi tía hasta que, finalmente, establecí un domicilio con mi hermano en una habitación a la que guardo mucho cariño y mucha importancia pues fue ahí donde aprendí a no depender de la presencia de un televisor o de una cocina y donde me acostumbré a la soledad y al fútbol en la cancha que estaba cruzando la calle mientras transcurría -o terminaba de transcurrir- un año sin ir al colegio; en tanto, mi papá se alquiló una habitación y mi mamá se consiguió un pequeño departamento que compartió meses después con su nueva pareja. Al poco tiempo mi hermano y yo dejamos nuestra habitación y fuimos a vivir con mi papá a la suya, mi mamá nos paseaba los fines de semana por algún centro comercial o nos llevaba a almorzar y nos daba la tan ansiada propina. No pasó mucho tiempo y mi mamá decidió viajar para conseguir un trabajo e intentar hacerse un nuevo camino con su pareja, ¿el destino?: Utah, Estados Unidos; sólo tengo un vago registro de la recepción de la noticia y aquélla no fue triste -o no es esa sensación lo que mi memoria guarda de aquella tarde soleada- y finalmente partió.
De esto ya ha pasado más de diez años y mucha agua ha corrido bajo el puente: el colegio, el intento frustrado de ir a vivir con ella en Utah, el descubrimiento de la sexualidad y de la sensualidad, la distancia con mi hermano, la solidez de la relación con mi papá, los sueños, la música, el pianito de juguete...


De los primeros años del viaje de mi mamá no tengo mucho recuerdo excepto por las llamadas, por el dinero por mis cumpleaños y por las Navidades (con el que pude comprar mi primera guitarra), una carta preciosa que hasta hoy conservo, algunos discos que quién sabe cómo consiguió y me envió y alguna ropa que, mamá, nunca me quedó bien; y digo que no tengo mucho recuerdo pese a lo que les cuento porque lo que ahora siento con ella es distinto, es otra percepción de las cosas y es una percepción necesaria que tal vez, y tal vez como todo, llega en el momento justo.
Ya no es la idea de una persona que está lejos y que me quiere y que me extraña y que me manda un dinero “para que te compres lo que quieras hijito”, ya no es la idea de una mujer que veía en alguna foto por el Internet o a la que respondía a sus preguntas telefónicas con inconscientes y torpes monosílabos... debe ser el tiempo o la madurez o el destino o Dios o los astros o todas las anteriores, no lo sé, pero ahora más que nunca reconozco en ella el sacrificio y la entrega y el amor y el miedo y el coraje, pienso en la tristeza y la aventura que significa dejar una vida y empezar otra -desde cero y en otro lugar- alejada de aquello que alguna vez fue suyo y cercano y que la une a su primera historia: sus hijos, su familia, sus amigos, su suelo, sus recuerdos.
Por eso hoy, desde todo esto que se me presenta como una revelación y que comprendo cada vez con mayor claridad, puedo decir con toda mi conciencia puesta que amo a mi mamá con todo mi corazón y como nunca y que es lo más y que deseo lo mejor para ella y que pienso en cómo estará su día todos los días y que pase lo que pase -que se quede allá, que regrese, que nos peleemos, un terremoto, el fin del mundo-, lo que sea que pase, siempre mi amor tendrá un lugar reservado para ella, siempre, y que ni la distancia ni el tiempo transcurrido ni los buitres podrán trastocar esta inmensidad.
Te amo mamá.

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