Los días son, en sí, una especie de rutina: amanece, pasan
las horas siempre igual, se van de la misma manera, anochece; son un círculo en
el que debemos estar dispuestos a bailar y a brillar para no morir. Somos nosotros
quienes debemos darle color a esos papeles en blanco.
Por eso admiro tanto la vocación por lo que uno se decide a
hacer, no importa qué sea: música, estudios, labores, amor. Admiro la fuerza
natural que produce el dedicarse incesantemente a algo, aun con miedo a perder,
esa voluntad, ese motivo para seguir, es el punto donde se mueve toda la energía,
toda la armonía; no importan tanto los resultados que se consiguen cuando el
camino es constante y decidido, y sincero y leal a lo que uno cree.
Las circunstancias pueden maltratarnos y hacernos caer
muchas veces en desesperación, en inmovilidad; es parte de la misma lucha y
está bien porque son instantes que nos ayudan a repensar las cosas pero esos
momentos no deben ganarnos la batalla diaria en la que somos todos guerreros de
nuestro propio bienestar.
El camino puede ser más importante que llegar.
Por supuesto, el objetivo estará siempre, pero al final de
cuentas, creo que lo totalmente valioso es el esfuerzo y el compromiso que uno
entrega en pos de lograr eso que uno quiere, la satisfacción de saber que hizo
todo lo que está en sus manos por llegar a esa meta; así, conseguir ese final
es sólo la consecuencia, lo añadido a la magia de luchar.
A la magia de luchar, la magia de la vida que contiene a
esos días siempre iguales, papeles en blanco, días a los que nuestro baile y
nuestro brillo le dan color.
17 septiembre 2012
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