Y me salí con bronca, un poco de asco y una desazón tremenda.
Llegué al conversatorio con ánimos de escuchar. Tres productores estaban sentados frente a una mesa con apuntes, agua y micrófonos para que se les oyera algo, el marketing seguramente. Los presentaron: uno era un productor y arreglista de temas para televisión y músicos reconocidos, el otro había estudiado en Berklee y producía a distintos músicos locales y extranjeros y el último se especializaba en la cumbia y música tropical. Muy bien, a escuchar...
No quiero ahondar en detalles estadísticos ni en términos que aparenten importancia, todo se resume en el caos absoluto del entendimiento del arte. Y me indigna saberlo y que ese caos sea aceptado sin chistar como si fuera lo correcto.
Es que no se puede creer. En concreto, lo que estos
productores planteaban era lo siguiente: el músico hace sus canciones, me las
entrega y yo veo cuáles de estas pueden ser bien asimiladas por el público
consumidor, que sean cuatro o cinco, el resto serán usadas como relleno, un
pretexto; lo que importa es que el músico pueda venderse al mercado y en ese
sentido hay que darle al público lo que quiere escuchar, no atolondrarlo con experimentos,
cero novedad.
O sea, el arte al tacho, la búsqueda de nuevas formas de expresión auténtica de sensaciones y sentimientos no va, no existe libertad para la sinceridad, para el riesgo, para la aventura, no, todo se reduce a la misma espiral de sonidos ya deshechos y estructuras pegadas con baba para figurar lucidez; el músico, entonces, ya no es un artista buscando expresar sus emociones, se convierte más bien en un sirviente de expectativas ajenas que no inspiran sino que obligan, “y todo lo que hacés por obligación se lleva la alegría de tu corazón”; la música se vuelve un pretexto para llenar cuentas de banco sin alma y no concibe así el poder único de la creación a través de sensaciones también únicas.
Se pierde todo: el respeto, la honestidad, la decencia.
El arte no puede ser manipulado, no puede ser visto como una maquinaria de agentes sin alma corrompidos por facilismos y mediocridades, las cosas no pueden seguir así. Hay que quebrar esos andamios de quietud que se siguen generando, hay que destruir si es necesario para volver a construir una nueva cultura, hay que respetarse, darse valor, hay -de una vez por todas- que decidirse a cambiar, “si no te saltas, nunca darás un solo paso”, hay que enfrentar: sinceridad, respeto, compromiso, pasión, amor.
O sea, el arte al tacho, la búsqueda de nuevas formas de expresión auténtica de sensaciones y sentimientos no va, no existe libertad para la sinceridad, para el riesgo, para la aventura, no, todo se reduce a la misma espiral de sonidos ya deshechos y estructuras pegadas con baba para figurar lucidez; el músico, entonces, ya no es un artista buscando expresar sus emociones, se convierte más bien en un sirviente de expectativas ajenas que no inspiran sino que obligan, “y todo lo que hacés por obligación se lleva la alegría de tu corazón”; la música se vuelve un pretexto para llenar cuentas de banco sin alma y no concibe así el poder único de la creación a través de sensaciones también únicas.
Se pierde todo: el respeto, la honestidad, la decencia.
El arte no puede ser manipulado, no puede ser visto como una maquinaria de agentes sin alma corrompidos por facilismos y mediocridades, las cosas no pueden seguir así. Hay que quebrar esos andamios de quietud que se siguen generando, hay que destruir si es necesario para volver a construir una nueva cultura, hay que respetarse, darse valor, hay -de una vez por todas- que decidirse a cambiar, “si no te saltas, nunca darás un solo paso”, hay que enfrentar: sinceridad, respeto, compromiso, pasión, amor.

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