10 septiembre 2012

Sobre el bienestar

Cómo es la vida ¿no?
Creo que si hay algo que uno busca incesantemente y leal a sí mismo es el bienestar, la felicidad, la tranquilidad; evidentemente, para cada quién, esa armonía tendrá distintos colores, distintas melodías, pero finalmente es un mismo objetivo resumido en el bienestar. Entonces surgen el coraje, la búsqueda de sensaciones que nos alegren el alma, el amor, el éxtasis; y es lindo cuando uno puede ver que todo aquello florece en uno por uno, sin intermediarios necesarios, y es también lindo cuando hay gente que te alienta a seguir y conseguir esa felicidad tan ansiada, cuando te animan sinceramente a no dejarte caer.
Sin embargo, creo también que hay algo que no es saludable para alguien, que hace mella en esta búsqueda sincera, pero que, por alguna gestión de la vida misma, se presenta a diario, empezando en el entorno amical y terminando en la publicidad, así de extenso; es una especie de presión por estar siempre bien, siempre contento, siempre satisfecho de uno mismo y de la vida y de las cosas que nos rodean.

Pensaba en esto cuando estaba en una clase de Investigación y el profesor nos preguntó si alguno de nosotros no se había deprimido alguna vez, nadie levantaba la mano hasta que vimos una alzándose, “yo”, el profesor repreguntó y este chico le dijo que no, que él nunca se había deprimido. Luego el profesor explicó que la depresión era un sentimiento más de las personas y que deprimirse era lo más común que pudiera pasar y que hasta puede ser la oportunidad de mirarse, aprender y resurgir.
¿Y este chico nunca se deprimió? ¿Nunca? A esto me refiero cuando hablo de esa presión.
La búsqueda del bienestar ya no es, entonces, una búsqueda sincera, idealista, defensora de la vida, no, se vuelve la búsqueda de un bienestar porque sí, porque hay que estar bien, porque es una obligación sonreír y estar bien siempre, sin altibajos. Eso me parece deleznable, poco ético. Y ése es un rito del que participamos todos: los amigos que no nos dejan ni un centímetro de soledad -seguro que con la mejor intención- en pos de una supuesta felicidad eterna, las iglesias que hablan de poner la otra mejilla, los medios que llegan para enceguecernos de la realidad y nos entregan divertimentos fatuos, la publicidad que nos vende repuestos para el alma llenos de pintarrajas, parafernalia y calorías. Todo es tan ridículo como exigirle a un texto una longitud predeterminada o a una canción una duración exacta o a un intelectual una conducta intachable siempre, así de tonto y así de antinatural.

Creo firmemente que uno debe tener espacio para la tristeza, para el dolor, para la soledad, para el miedo, para la torpeza, para la desazón. No se trata de que sea un derecho, no lo es porque va más allá de eso, es una situación real propia del ser humano y no hay motivo justo para que ésta sea ocultada, subrepticia, avergonzada. Las sensaciones que uno tiene no deben ser tapadas porque eso las hace inútiles, deben mostrarse y hacernos caer en cuenta de nuestras debilidades y fortalezas para poder doblegar aquello que nos atormenta: si no sé (si no quiero saber) que estoy deprimido, ¿cómo sabré qué es lo que me bajonea y cómo podría hacer para sentirme realmente bien?

No es un juego, es la vida y la vida hay que tomársela en serio y como viene, con sus alegrías y sus tristezas, que esa conciencia de uno mismo es parte de un real bienestar, porque si no todo se vuelve una simple escena de telenovela en que la vida es color de rosa y la música suena en el aire y las mariposas vuelan alrededor y los pájaros cantan... y la felicidad es una mesa con cinco patas.

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