Patas arriba. Hecho un escándalo, una miseria. Así está el mundo hoy. Y no, hoy no concluiré este texto con frases esperanzadoras ni algo por el estilo, aunque lo crea conveniente. No, esta vez sólo quiero quitarme el lodo, deshacerme de vulgaridades. Suena fuerte, sí, pero eso son, vulgaridades, eso que los medios y los tremendistas nos refriegan en la cara como noticias de interés y que no son más que basura hecha para revolcarse como cerdos.
Como aquella poeta que recita sus versos en un bar y, ante la inconducta de un asistente, se vuelve más idiota que el susodicho y lo manda a la mierda, “a la concha de tu madre” a los gritos y avivando al público a hacer lo mismo, generando violencia, más estupidez, con la bandera de ser ella una poetisa, un talento que no merece tal agravio y que, sin embargo, ahonda más en aquél y lo convierte en una bola de nieve inmensa, sin conciencia; sabe Dios si tuvieron un mal día, si venían bajoneados: las palabras de un presentador sin criterio y con un tono burlón y despectivo hablando de un “pogo existencial” al sacar a aquel asistente a patadas y empujones, como si fuera un acto celebratorio, digno de recordar, de aplaudir, “ah la poetisa”, “el pueblo tiene el poder”, tantas maneras de echar a la basura una búsqueda real como la del arte.
O como aquel futbolista, ese mejor pagado en la actualidad, 20 millones de euros al año, 20 millones, sin contar publicidad por supuesto, porque todos los chicos quieren ser como él, jugar como él, salir con las chicas que él, ser famoso como él, porque, vamos, ¿alguien quiere ser médico? ¿profesor? Por favor, si ganan una miseria, y qué aburrido. Ironías de la vida, un jugador de fútbol gana 20 millones de euros al año, 20 millones por entretener, jugar a la pelota; ¿y el médico que salva vidas todos los días, sin prensa ni reconocimientos? ¿y el policía que se arriesga cada día por su ciudad, obligado a comprar él mismo su uniforme y sus municiones? ¿Es un futbolista, acaso, más útil a una sociedad que un médico, un policía o un profesor, para justificar tamaña diferencia? ¿acaso tiene derecho, por situarnos en el mismo ámbito, a ganar más dinero que un voleibolista o un ajedrecista por el simple hecho de practicar un deporte más popular? Y, en ese sentido, claro, podríamos hablar del apoyo del estado.
O, por supuesto, las cámaras de todos los canales de televisión, de todos los diarios, los micrófonos de todas las radios, al pendiente de las palabras y acciones incoherentes y oliendo a alcohol de una señora que, desgraciadamente, se emborrachó y cometió la equivocación de manejar y ocasionó un accidente. Consecuencia: el escarnio público (y el deleite de los programas “humorísticos” y los animadores sin conciencia), la desfachatez y la irresponsabilidad de quienes entregan este hecho como una noticia de interés. ¿Es, acaso, importante saber y ver el declive de una persona en un momento tan frágil e inconsciente como el de una borrachera? ¿no bastaría con que los periodistas hagan hincapié en que manejar no es bueno si uno ha bebido? Pero, claro, eso no vende, nadie te va a ver; y los reporteros, como títeres estúpidos de una gracia sin gracia, alentando las declaraciones incongruentes de aquella señora, animándola a seguir hablando, a seguir haciendo el ridículo; la presentadora del noticiero acusándola, con aires de paladín de la moral y con un convencimiento digno de los mejores actores, y tratándola de manera peyorativa sin conocer un ápice de lo que pasa en su vida, y aun si lo supiera, ¿con qué derecho? ¿Alguien se puso a pensar por qué situación podría estar pasando aquella señora? ¿alguien se puso a pensar en su trabajo? ¿en su familia? ¿en sus hijos? Que “ella tampoco lo pensó” dirán, obvio, obvio, no seamos perversos, estaba borracha, no podía pensar en nada, pero, por favor, aquí estamos los periodistas para embadurnarnos en caca y vivir felices en la mierda, como puercos, como sabandijas, como los hijos de puta que somos, inconscientes, irresponsables, malvados, sucios, ruines; “la culpa es de ella por emborracharse y hacer un escándalo, nosotros sólo informamos”, claro, sin criterio alguno, sin respeto, escudados en aquella farsa que puede llegar a ser la libertad de expresión y haciendo uso de un canibalismo muy siglo XXI, muy liberal, pacífico y honesto, para hacernos juego de un mismo sistema de cosas, de la misma miseria de la que es lindo ser juez y parte, pagan bien, estamos en planilla, mi amante y mi esposa no se quejan, está todo ok. Hijos de puta.
Y sí, así voy a terminar esto.
Esto que es una queja, un arrebato, un vómito; es hora ya de alejarse de tanta mierda, de tanta maldad, de tanto irrespeto.
Nuestros hijos no se merecen un mundo así, equivocado, injusto, malvado, no es, al menos, lo que yo quiero para los míos y, sépanlo bien, protegeré como un animal esa tranquilidad. Como un animal, como el león en el circo.
19 agosto 2013
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