22 agosto 2011

La juventud del tenor

La Capullana es una urbanización medianamente tranquila y muy joven situada en el distrito de Surco, cercana a la Plaza de Armas y a la Base Aérea Las Palmas; hasta hace menos de cincuenta años era un gran terreno con chacras donde se cosechaban verduras y sobre todo uvas, entonces, Pedro tendría diez años y vivía en el Callao.
De las chacras hoy no queda algo y, más bien, es un lugar con cada vez más edificios y más vecinos, como yo.

Pedro, mi vecino. Pedro es un hombre que pasa los sesenta años y que tras un matrimonio fallido y sin final feliz llegó a La Capullana a vivir en casa de sus padres, a quienes ahora cuida.
La casa: tras las rejas, un pequeño jardín anticipando la construcción color melón-tres pisos, jardín con un pequeño toldo cubriendo la banca donde reposan los padres junto al canto de un par de canarios que parecen eternos; la casa se les hace grande a los tres solos y decidieron -hace algún tiempo ya- rentar las habitaciones que sobrasen, es así como, junto a otros inquilinos, llegué hasta su hogar.
Alguna tarde de otoño se escuchaba ópera desde el cuarto de Pedro, recuerdo estar echado en la cama pensando en nada y que mi primera conclusión -tan simple como suelen ser las primeras conclusiones- fue que le gustaba la ópera, nada más. Sin embargo, días después me sorprendió escucharlo cantar un aria con tanta pasión que, si cerraba los ojos, podía imaginarlo con un traje elegantísimo, una orquesta detrás de él y un público maravillado con su voz... pero sólo si cerraba los ojos; Pedro, con su bigote y sus pocas canas recién estrenadas, desafinaba en casi toda la pieza y parecía ser la primera o una de las primeras veces que cantaba, o que se aventuraba a hacerlo con una grabación secundándolo...
Poco a poco, Pedro fue mejorando su canto: ya no desafinaba tanto, interpretaba piezas cada vez más complejas... y cada vez se le escuchaba más desde la calle, hubo algunas quejas e incluso llegó una camioneta del Serenazgo una vez para persuadirlo con el color azul de su sirena y sus ruidos de comunicación entre radios.
Y así.

No ha pasado más de dos meses desde que se presentó, por primera vez, frente a un público extraño en una asociación cultural, yo no pude ir porque supe del evento un día antes y ya tenía previstas otras cosas para la noche de ese martes. Dos días después lo encontré en el quiosco -leyendo los titulares que yo también- y le pregunté cómo le había ido esa noche, me dijo que bien, "más o menos bien", hubo un corto pero largo silencio y se despidió, estaba apurado; sospecho por sus palabras que no le fue tan bien como él hubiera querido, que algo pasó y nubló un poco su presentación, no sé, sólo lo sospecho.
Y en realidad, no me importa mucho cómo le haya ido, no me malentiendan, no lo digo por desdén. Intento ir un poco más allá y creo que más importante que el éxito o fracaso artístico de su presentación es el hecho de aventurarse a cantar, a sus sesenta años que no son el ocaso de la vida, es verdad, pero que a muchos les parece así y los oculta en el miedo o el rubor, el hecho de haber encontrado la juventud en decidirse y cantar y ser feliz, aquí en La Capullana, esta urbanización tan joven como su espíritu, como él, sesenta veces. Y creo que Pedro lo sabe cuando lo escucho cantar desde tan temprano, junto a la llovizna.

No hay comentarios.: