14 noviembre 2011

Un minuto antes del amor

Estaba desnuda.

Sus pies descalzos
transitaban una quietud insobornable,
sobre la alfombra, sobre sus dudas, sobre sus certezas,
sus pies como dos balsas en medio del mar.

Aquellas piernas, lisas,
dos columnas en dirección al sol;
aquellos muslos, fluorescentes,
piel que se estremece de pronto.

Su vulva,
nueva, brillante, que espera, misteriosa;
una puerta precedida por un cancel tan vulnerable como las cosas,
un rumor de hojas en otoño.

Su vientre como un suave descanso,
un respaldo en el que se dibujan
las líneas perfectas de la juventud;
su vientre, donde alguna vez esperará la vida
una nueva flor.

Esos brazos, delicados, delgados;
dos ríos que desembocan cada uno
en una playa de sensaciones,
una playa donde reposarán todos mis sueños
y mis muertes,
y mis vidas.

Dos hermosos senos
como faroles que enceguecen,
la luz de la sincera armonía,
el destello aparente del amor;
dos hermosas formas de olvidar y entregarse,
indefenso,
perpetuo.

Su dulce cuello,
estilizado como un cisne que baila, despreocupado,
en un lago tranquilo,
en un verde que adorna el paisaje,
en esta habitación,
y que, por algún motivo,
luce un poco extasiado.

Su boca, un color encendido,
la apariencia del deseo hecha labios,
dos compuertas que son la antesala
de una profunda verdad,
de un cielo limpio,
pájaros, nubes, estrellas.

Tenía los ojos caídos,
dos cristales de chocolate
levemente hundidos
en un velo de pequeñas lágrimas;
dos cristales que me miran
y descifran el secreto de mi mirada,
la ilusión.

Llevaba el pelo suelto,
abierto,
pelo del viento, como si fuera libre;
le caía sobre los hombros
como un terciopelo liviano,
como una garúa fina pero decidida,
al igual que ella.

Y empecé a acercarme,
lentamente.

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