25 marzo 2013

Plaza Bolognesi

Para Camila


¿Sabes qué me encanta, Camila?
Esto. Que siempre sucedan cosas nuevas alrededor nuestro, y que esas cosas nos diviertan y nos hagan pensar, actuar, mejorar, que nos hagan bien.

Te cuento un poco: Salí del instituto al mediodía y, como no puedo llegar a casa sino hasta las 4 pm y la biblioteca del instituto aún no entra en funciones, me dije “voy a caminar”, y así fue. Me interné por calles de San Isidro con nombres tan rimbombantes como la palabra “rimbombante” (ah, quién habrá sido el capo que inventó las palabras) y algunos diseños de casas que vi; bueno, vamos, hay casas muy lindas pero otras con un diseño que, al menos a mí, no me gusta. Y la zona es una zona muy bonita pero fría a la vez, solitaria, distante, escondida, anacrónica tal vez, y no me gustaría pasar mucho tiempo allí, prefiero la comodidad verdadera, la calidez, los juegos, la bici y los paseos con helado y atardecer.
Perdón, me fui. Entonces seguí por San Isidro, entre parques bonitos y rejas absurdas, volví a acercarme a las avenidas paralelas al malecón para evitar el calor y vi los edificios grandes frente al mar y, en el malecón, juegos para niños y heladeros contentos en sus carretillas poderosas.

Ahora estoy en Miraflores, lo cual resulta una obviedad en mí.
Pero hoy no lo es.
Estoy sentado en una banca de la Plaza Bolognesi, detrás de mí está la librería El Virrey y, casi al frente, el restaurante Brujas de Cachiche, además, al centro de la plaza, hay una pileta muy linda realmente, sólo verla refresca y uno se queda embobado viendo ese último chorro en lo más alto buscando quién sabe qué, ¿a un pájaro? Debe haber algún hospedaje cerca porque a mi lado hay seis turistas recostados sobre el pasto reconfortados por la sombra de los árboles y los helados de cono. Lo que me maravilla es la cantidad de perros que hay por aquí: pasa alguien caminando con su perro o aparece uno callejero e inmediatamente llegan tres para reconocerlo, perseguirlo o intentar jugar con él. Nunca entendí el lenguaje de los perros pero no deja de cautivarme esa extraña y especial forma que tienen de comunicarse y percibir.
Deberíamos venir alguna vez.

Regálame un minuto, se me durmió la pierna. Sí, otra vez.
Y bueno, yo te hablaba sobre novedades y esas cosas que nos hacen bien y que siento cercanas a nosotros, y que yo siento en este mismo instante.
Ésta es una de ellas: Es la primera vez que vengo por aquí, es la primera vez que camino tanto sin sofocarme como ya sabes, la primera vez que veo con tanto futuro en los ojos aquellos juegos en el malecón, los helados, los perros; y he tenido que sacar mi cuaderno y ponerme a escribirte todo esto, he vuelto -al menos por hoy- a aquella vieja usanza del papel y el lapicero y los borrones y el escribir apurado para no perder las palabras en el laberinto aquel que es el viento. Y eso, que todas estas cosas, nuevas y refrescantes para mí, llegan de tu mano a través de un recuerdo, de una ilusión, de ti, de toda la armonía que tu vida es en la mía.
Y, ya sabes, son momentos que uno no debe dejar de lado porque los pierde y, bueno, aquí me tienes, sentado en una banca de la Plaza Bolognesi. Los turistas ya se fueron, los perros ya se cansaron; la pileta sigue bailando incansablemente con su pollera, y yo también.

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