- ¡Váyase de acá!
- Que me lo pida su esposo que me conoce bien.
- ¿Qué cosa? Lárgate, puta de mierda.
- ¡A mucha honra, señora!
- ¿Qué te habrás creído, oye, sinvergüenza? Andar regalándote por ahí...
- ¿Le molesta señora? ¿O será que me tiene miedo?
- ¡Ya lárgate!
- No señora, la calle es de todos. Yo me gano así la vida y se acabó. A usted no le debe importar qué haga yo con mi vida.
- ¡Deberías ponerte a trabajar en vez de andar toda calata por la calle!
- Eso hago, señora, trabajo.
- Por favor, ¿a eso le llamas trabajo?
- Sí. Siendo puta, como usted me dice, le doy de comer a mi hijo y lo mando al colegio. Usted no se meta.
- ¡Ponte a trabajar en otra cosa!
- ¿Y a usted qué le importa en qué yo trabaje? ¿Usted qué se cree, que me encanta andar por la calle tirando con cualquiera a riesgo de los serenos, de las enfermedades, de la calle? Y si así fuera, si me encantara coger con cualquier desconocido, ¿a usted qué le importa? ¿por qué se mete en mi vida? Ésta es la única manera que he encontrado para sobrevivir, si no le gusta, no me mire y se acabó. Gracias a la plata que tengo, puedo dormir bajo un techo con mi hijo. Y usted viene a criticarme con qué moral, con qué indignación. Usted no sabe la mierda que es la vida allá afuera, en el mundo real, usted vive en su casa encerrada de todo, viviendo una fantasía, usted no sabe nada, ¡nada!, y quiere venir a enseñarme cómo vivir. Hágame el favor, señora. Nunca le aguanté pulgas a nadie, ni a mi esposo, y no se las voy a aguantar a usted. Llámeme como quiera: quiere que sea una puta, seré una puta; quiere que sea una sinvergüenza, seré una sinvergüenza; pero no me impida trabajar ni quiera deshacerse de mí como si fuera una escoria, una basura, lo peor que le puede pasar al mundo. ¿Se da cuenta de que hay cosas peores que yo? Yo soy una pena, sí, pero más pena son los chicos sin comida, los mendigos, la injusticia, la maldad, la miseria. ¿No los conoce? Se los presentó, viven con usted, son parte de su ciudad, de su país, de su vida, reconózcalos, todos somos parte de este mismo pedazo de tierra que habitamos, de esta vida que hay que luchar para poder ser feliz. Todos nosotros somos hijos de una misma vida, de un mismo dios si quiere, así que no busque “ponerme en mi sitio” porque yo sé muy bien cuál es y qué es lo que hago, qué gano, qué pierdo, y a qué me atengo. Pregúntele a su niño, a la luz de sus ojos, si me conoce o no; si me conoce, conoce también el mundo que lo rodea. Y no estará lleno de odio. Y será feliz. Y quién sabe, quizás resulte mi novio.
04 noviembre 2013
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario