08 agosto 2011

Respeto, nada más

Yo no puedo juzgar a un maestro de escuela que le pide algún dinero a algún alumno para otorgarle una nota aprobatoria terminado el año; no puedo juzgar a un conductor de un automóvil que, presuroso, se pasa la luz roja del semáforo y sigue su camino, casi imperturbable; no puedo juzgar tampoco a quien compra una copia ilegal de alguna película, libro o disco en algún centro comercial de poca confianza; ni puedo juzgar a la chica que aborta en una clínica clandestina presa del miedo y tal vez de la soledad.

No los puedo juzgar aun cuando reconozco que están rompiendo esas reglas que hacen que la sociedad -ésta o cualquiera- funcione con un cierto orden y una cierta estabilidad, esas reglas que son las leyes.
Y no los puedo juzgar porque no sé qué es lo que pudiera estar pasando por las cabezas de todos ellos, no sé qué ocasiones fortuitas pudieran haberse presentado; porque no sé si aquel maestro tiene en casa a un hijo enfermo a quien debe costear los tratamientos y medicamentos y si ese sueldo mínimo que percibe no le alcanza y entonces no rechaza un soborno de parte de algún alumno; si de esa luz roja del semáforo ignorada dependía la vida del conductor o la de algún amigo suyo al que llevaba en el asiento posterior del vehículo a una clínica donde pudieran estabilizarlo; si aquel comprador fue un día a una disquería o a una librería y, al encontrar desconcertante e inalcanzable el precio de algún disco o libro, decidió conseguir una copia ilegal en algún puesto de un centro comercial sin garantía; o si aquella chica fue violentada y embarazada por un macho anónimo -por si esto fuera poco- no tuviera con qué llevar su embarazo ni mucho menos con qué proteger y alimentar a su niño o con qué fortaleza anímica soportar la burla y condena irresponsables y los nueve interminables meses de malos recuerdos y dolores nocturnos y/o espirituales.

Claro que sé que aquel maestro, aquel conductor, aquel comprador y aquella chica pudieran no tener una excusa que fundamente su conducta y entiendo que al darles el beneficio de la duda ('beneficio' no, 'derecho' debería decir) pudiera yo crear una especie de conciencia equívoca pero creo que aquellos prejuzgados no deben cargar culpas ajenas, y sé también que pudiera parecer que aplaudo una 'mala ciudadanía'; no la aplaudo, más bien la comprendo y no me presto a ese coro irrespetuoso de noticiero con poses de pavo real y de vigía de la moral y las buenas costumbres -y todas esas cosas que suenan tan bien cuando se está sentado en el sofá- que se atreve a acusar, juzgar y sentenciar a quien, por necesidad o falta de tranquilidad, quiebra las normas.

Por eso, creo que esas voces que se apresuran y juzgan sin saber, sin ponerse un poquito al menos en los zapatos del otro, hacen mucho daño pues crean un ambiente hostil y tal vez injusto ante la persona juzgada; y, en cualquier caso, los malestares o equivocaciones de los demás no deben ser tema de conversación de quienes no estamos involucrados.
La vida es dura y no se resuelve, como muchos parecen pensar, hablando solamente de valores y de la moral y de la decencia; el pan calma el hambre y el hambre es a veces un mal consejero, es cierto, pero es real. Respeto, nada más.

2 comentarios:

Camilo Vega dijo...

Gracias por haberme llevado hasta aquí. Sigamos compartiendo el deleite de escribir. Camilo.

Roberto Renzo dijo...

Camilo, muchas gracias por tus palabras. Un fuerte abrazo y a seguir siempre.