30 enero 2012

Admiración

Admiro la valentía de la gente considerada por los demás (tal vez incluyéndome a veces vergonzosamente entre los catalogadores de turno) “diferente”, admiro sus silencios y sus gritos, admiro su actitud, reconozco en ella la fuerza que mueve verdaderamente al mundo: la personalidad, lo leo en sus ojos, lo siento en sus pasos... y me gusta ser cómplice de esa sinceridad.


Admiro a los homosexuales porque tienen la actitud puesta y se olvidan de todo el prejuicio y los frenos que les lanza esta sociedad tan llena de pelotudos y se ocupan de aquello tan preciado para ellos: la tranquilidad; admiro a los que siguen vistiéndose de saco y corbata o de falda y blusa y a los que se roban el escote de la hermana o las camisas del primo y se las ciñen con alta sensualidad; admiro que uno me dé un beso cruzando la calle sin siquiera conocerme con sus provocativos taco nueve, su jean apretado, su polo diminuto y fosforescente, sus labios rojos, sus pestañas postizas y sus cabellos alborotados y escarchados, admiro esa respuesta ante tanta mezquindad y tanto irrespeto de parte de los tarados de siempre que tienen grasa en la piel y no se enteran ni que el mundo da vueltas.

Admiro a los tristes: ¿por qué se pretende obligar a todos a ser felices?, ¿por qué se recorta el derecho de alguien a ser triste?; qué viva la tristeza si se está tranquilo así, ¿por qué tanto problema?, ¿por qué querer etiquetar a la gente?; ¿que se hace daño estando triste?, no sé, no lo creo, en todo caso, si así fuera, el daño es para ella y responde a ella, nadie más debe intervenir, son decisiones individuales... admiro a los contentos porque no sé de dónde sacan esa sonrisa que nos muestran cuando pasan o esos ánimos que demuestran cuando nos conversan de algo; en estos tiempos donde las cosas no andan bien y nos peleamos entre nosotros y los demás buscan manejarnos a su antojo, mantenerse con una sonrisa en los labios y con los ánimos en las nubes es realmente admirable y merece mi reconocimiento eterno.

Admiro a la gente que está tranquila con lo que es porque tiene que lidiar con el estúpido e injusto cliché de la mediocridad -“¿por qué te contentas con lo que tienes si puedes tener más?, no seas tonto, aprovecha la oportunidad”-, porque tiene que lidiar con la manipulación que posa sobre ella una sociedad tan consumista, tan pendiente de todo y que parece poner las expectativas propias que no pudo cumplir en los demás; los admiro por tener el coraje de decidir quedarse donde están sin mirar las presiones absurdas de los reguladores: ¿por qué no pueden pensar que aquella persona a la que tildan de “mediocre” ya lo pensó y lo analizó y prefirió no seguir?, ¿es que ellos tienen la última palabra, son los dueños de la verdad?, por favor, empiecen por aprender a respetar a los demás antes que a estar metiendo presión adonde no les corresponde.

Admiro a los locos porque tienen que convivir con nosotros dominados por un mundo extraño -el nuestro-, rescatando a cuentagotas el suyo que, no sé, tal vez tenga elefantes rosados o los goles de Lolo con Universitario o el mandato en Palacio de Gobierno o las alas sucias de las palomas de los parques; admiro esa interiorización de las emociones porque creo que es de lo más sincero que hay, el hacer nuestro algo que sentimos, tal vez con ellos se exceda ese proceso de interiorización -no lo podría asegurar- pero bueno, a cada uno le tocan cosas distintas, es así; realidades distantes y aparentes, delirios de persecución, expectativa de estadios llenos o de familias que esperan en casa: la vereda, el lugar de los sueños.


En fin, admiro a todos aquellos quienes pasan de largo las etiquetas y los prejuicios y se echan a andar la máquina, la vida; a los músicos, a los médicos en las localidades alejadas, a los educadores, a los barrenderos... les mando un beso y todo mi amor.

2 comentarios:

Phoebe dijo...

Fíjate que leyendo tu post he querido sentirme un poquito parte de cada cosa que admiras. Me gusta cómo hablas de ellos, de los valientes que se toman sus vidas como quieren tomárselas. Ojalá fuera tan fácil como haces que parezca.

Un saludo!

Roberto Renzo dijo...

Hola Phoebe, ¿cómo estás?
Bueno, la idea también es que parezca fácil para que efectivamente empiece a serlo, para que más gente se anime (incluyéndome a mí, desde luego), hay que comenzar a desoxidarse.
Gracias por leer y por comentar, saludos.
Ps: Pasé por tu blog, me gustó mucho lo que escribes.