08 abril 2013

Mi amiga Camila

Yo tengo una amiga que se llama Camila.
Además es mi chica loca, sensual e inteligente, pero hoy les quiero hablar (te quiero hablar) sobre su faceta de amiga. Mi amiga Camila.
Debo decir, antes de empezar, que este texto no lo editaré a excepción de los posibles errores ortográficos que mi obsesión por la corrección y mis buenas notas en Lenguaje (y, evidentemente y sobre todo, el deseo de que éste sea un texto relativamente decente) me obliguen a corregir.

Yo tengo una amiga que se llama Camila.
La conocí cuando Luis cantaba “Cisne” en una página de Internet semivacía; ahora que lo pienso, creo que era el lugar ideal para conocernos, libre, sin demasiadas reglas que cumplir, y más aun dibujando una misma sonrisa. Quizás por eso me cayó tan bien de primera, y empezamos a conversar cuando supo que escribía esa suerte de panfleto anímico semanal que es este blog. A partir de allí, conversamos diariamente sobre nosotros, así, sin conocernos pero todos los días, sospechándonos las caras en fotos borrosas o líneas de hermosa inocencia, tentándonos en múltiples sensaciones; y las conversaciones y los temas fluían de manera natural, compartiendo la desesperación por las polillas invasivas y el querer por el querer, la vida en su versión más pura.
Recuerdo pasar noches de sábado hablando sin parar como dos viejos amigos de promoción; y lo éramos en parte: Habíamos vivido historias parecidas y la de entonces era la aventura del propio conocimiento, de la búsqueda de caminos, también por parte de ambos. Eso hacía mucho más lindos los encuentros escritos con ella, el sabernos buscando respuestas, interrogando al futuro, dudando; eso y las canciones que nos recomendábamos, canciones a las que yo les guardo mucho cariño porque era como recomendarnos a nosotros mismos, no como una receta de cocina pero sí como una compañía y un par de orejas y ojeras por si el viento soplaba muy fuerte.
O muy liviano también.

Suave, fresco.
Danzando el viento entre La Capullana y la avenida Del Ejército bajo un sol agobiante de marzo, cantando “Vas a cumplir feliz”, poniéndose los lentes de sol al revés para mirar mejor; llevando en cuadernos apuntes de un verano que proveía sonrisa, ilusión.

Y así, iban y venían la música, los libros, las confesiones, las imágenes, ¿cuándo nos vemos?
Y con mi amiga Camila, el café, la guitarra, la librería y el parque con los gatos que...


Es muy difícil centrarse en escribir sobre algo que a uno le gusta, mucho. Y a mí me gusta Camila, mucho.
No he terminado de contar la historia amical porque no sé cómo hacerlo. Pero pienso ahora que ese no poder terminar con este relato es una representación total de mi vida con ella: nunca terminaré de ser su amigo, nunca terminará de sorprenderme su bondad, su cariño, su buena disposición. A mí me encanta ser amigo de ella, es un lujo, como lo es que me regale sus besos, pero lo que quiero hoy es realzar la importancia de la amistad, por ser la base, por ser perecedera, por ser la madre de todo el amor. Porque creo que seremos amigos siempre, aunque se caiga el mundo, creo que la relación que me une con ella va más allá de la superficialidad, es más una relación de almas, y mi alma está encantada con la suya.
Por eso se me encanta ser amigo de Camila.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me ha hecho muy feliz leer este blog, me hace feliz que Camila te haga tan feliz, que sea tu mejor amiga, porque en eso se basa una solida relacion, TE AMO hijo