09 septiembre 2013

¿Pogo?

“Yo dejé de hacer ese rock visceral que hice en 'San Cristóforo' cuando vi que había pibes que comenzaban a pegarse en mis recitales. No, por el amor de Dios, vení, tranquilizate; vení que te toco ‘Muchacha (ojos de papel)’, por favor no te golpees. Como papá y como abuelo no podía permitir que eso sucediera. Por eso dejé de tocar esa música, que era la que yo más ganas tenía de hacer.”
Luis Alberto Spinetta.


No. No es delicadeza, no es ponerse especial y despreciar la naturaleza de cada quien. Es, justamente, por apreciarla, apreciar su salud, su integridad física, moral, social, por darle un poco de racionalidad, criterio y búsqueda personal a algo tan pasional como la música.
El sábado estuve en Lima Vive Rock, festival organizado por la Municipalidad de Lima, adónde se reunió casi una veintena de bandas durante 12 horas, a hacer lo que más sabe: tocar. La sola idea de organizar un festival de esta magnitud, con un cartel de bandas nuevas, con la organización correcta, es motivo de aplauso y esperanza. Pero también de respeto, e inteligencia.

Fui al festival con mi novia.
Cuando llegamos, estaba terminando el set de Psicosis, banda de ska. Vimos, en las primeras filas que se formaron cerca al escenario, gente bailando, sudando diversión. Al terminar el set, esta gente se retiró, cansada, aturdida, feliz. Le propuse a mi novia ir adelante para ver a la siguiente banda sin saber que se trataría de El Aire, una de las bandas que a mí más me gusta. Esperamos y salieron a tocar los muchachos. A la segunda canción -¿”Subir al cielo?”-, se armó el pogo.
El pogo. Esa rara expresión de sabe Dios qué que convive en uno como un animal.
Y, así, la gente armó un círculo frente al escenario y la estupidez total. Unos veinte o treinta muchachos saltando, corriendo, pegándose, dándose de puñetes, patadas, ¿quedándose sin documentos?, ¿rompiéndose la nariz? Un elogio a la idiotez, al más insano comportamiento, inútil, tonto, sin sentido, peligroso. ¿Saben esos chicos qué están cantando?, ¿saben, al menos, que representan todas esas emociones en sus vidas?, ¿sintieron algo alguna vez?, ¿tienen clara noción de lo que están haciendo en esos momentos?, ¿saben que se pueden lastimar?, ¿les interesa? ¿No es acaso la misma euforia saltar abrazado de un desconocido, cantando una misma canción, sintiendo esa conexión, esa intimidad aparente con el músico en escena? ¿No es el amor lo que moviliza, en vez del desvarío y el descontrol?
Yo no quiero hijos que vayan a un concierto a darse de puñetes, a pegarse con un tipo que no sabe si, de buenas a primeras, le clava un cuchillo o le da un mal golpe. Yo quiero que vaya a escuchar música, que su espíritu se encienda, fulgure, brille. Que se reconozca en una canción. Que su mirada se encuentre -aunque sea sólo en su imaginación- con la del músico y sueñe con la idea de la complicidad.
Que su corazón despliegue alas, no que se mezcle con la violencia.

Y la sonrisa existe.
Existe cuando encuentras a gente feliz de que vayas a visitarla y te firma un disco y se muestra tan interesada en su conversación, con la sinceridad del cielo y las ganas de hacer las cosas bien, con amor, feliz.
Cuando un músico exige unión entre sus colegas, respeto, solidaridad.
Cuando sientes el abrazo sincero de alguien a quien consideras un ídolo.
Eso es lo que cuenta. Sólo eso.
El resto yo no lo quiero.

3 comentarios:

Cam Riv dijo...

Que lindo... :)

Cam Riv dijo...

Que sincero y que lindo :)

Roberto Renzo dijo...

Gracias Camila, me alegra que te haya gustado.
Ah, y muy lindo tu blog, lo estuve viendo y me gustó mucho.
Saludos.